—Con eso no haría más que cumplir con mi deber; pero hagamos algo mejor: olvidemos nuestras respectivas condiciones y confíese usted no al magistrado, sino al hombre.

—¡Gracias, señor! ¡Mucho le agradezco sus bondadosas palabras!... Al magistrado no tendría, efectivamente, mucho que decir, ni conseguiría probablemente comunicarle, faltándome las pruebas materiales, mi convicción moral...

—¿Y al hombre?

—Al hombre... al hombre le preguntaré: ¿cree usted que quien ha soportado una vida siempre tenebrosa, huya de ella cuando ve que por fin resplandece la luz? ¿que quien ha sufrido con resignación, en silencio, puede exasperarse, rebelarse contra una esperanza imprevista?

El juez le escuchaba con la cabeza inclinada, sin mirarlo, y de pronto no contestó.

Pero alzando luego la vista y fijándola en Vérod, se puso a su vez a interrogarle:

—¿Tenía usted mucha intimidad con la difunta?

El joven no respondió. Lentamente los ojos se le llenaron de lágrimas.

—No debo, no, decirlo...—murmuró con voz ahogada.—A nadie revelaré un secreto que no es mío... que no es del todo mío... Y hasta creo, mire usted, que a ella la lastimaría, que ella me prohíbe decirlo.

—¿La amaba usted?