—Sí.

Sus lágrimas se habían detenido, su mirada expresaba el orgullo y la alegría, una altiva felicidad.

—Sí; con un amor que puede ser confesado, alta la frente, delante de cualquiera. ¿Por qué lo habría de negar?

—¿Y ella le amaba a usted?

—¡Sí!... Y el mundo no sabe, jamás sabrá, lo que fue nuestro amor. El mundo es triste, y a poco andar la vida lo amarga todo. Pero nada, ni un acto, ni una palabra, ni un pensamiento contaminó una sola vez ese sentimiento que nos hacía vivir.

—¿De modo que al Príncipe no le faltaría razón de estar celoso?

A la expresión de soberbio gozo que animaba el rostro de Vérod, sucedió un amarga contracción de desdén.

—¿Celoso?... ¡Para estar celoso habría debido amarla! ¿Y si la hubiera amado fielmente, a ella sola, me habría ella amado a mí?

Ferpierre se quedó estupefacto ante la manifestación de semejante idea. O conservaba un mal recuerdo de las verdades brutales e ingratas de que Vérod había sido apóstol desde joven, o el pesimista, el escéptico se había convertido.

—Pero entonces ¿en qué estado se encontraban las relaciones del Príncipe con la Condesa?—siguió preguntando mientras tanto.—¡No cabe duda de que hubo un tiempo en que se amaron!