—Usted sabe, señor, que este nombre, el nombre de amor, se da a tantas cosas diversas: a nuestras ilusiones, a nuestros caprichos, a nuestra codicia... Si; ella le amó, con un amor que fue ilusión y engaño. Le amó porque creyó ser amada por él, ¡por él, que solamente sabe odiar!
—¿Cómo fue, entonces, que no llegaron a separarse?
—Por la parte de él sí: él quiso separarse. Se lo dijo, le echó en cara, como un reproche, su fidelidad, y varias veces la abandonó. Pero ella no quiso reconocer que se había engañado, o lo reconocía únicamente en su interior, y, pensando que los engaños se pagan, que hay que sufrir las consecuencias del error, aceptó el martirio.
—¿Podría usted precisar en qué consistió ese mal trato?
—¿Quién podría referirlo punto por punto? Todos sus actos, todas sus palabras envolvían una ofensa, un agravio.
—¿Cómo lo sabía usted? ¿Quién se lo dijo?
—¡No ella, señor! ¡Nunca oí de sus labios una queja contra ese hombre!... Yo lo supe, lo oí personalmente... Había conocido al hombre en París, muchos años atrás, antes de que estuviera con ella, y sabía lo que valía. En esto no estaba solo, pues todo el mundo sabe lo mismo que yo a su respecto.
—¿Se encontró usted con él alguna vez después de haber conocido a la Condesa?
—Nunca. El año pasado ya parecía haberla abandonado para siempre, y ahora, después de su vuelta, no lo he visto sino de lejos, una o dos veces.
—¿Qué sabe usted respecto a lo que ella pensaba de su actividad política?