—Que eso no fue uno de los dolores menos crueles de la infeliz.
—¿Ignoraba ella, cuando lo encontró por primera vez, los fines que perseguía?
—No sé... no creo... Pero si acaso supo que lo habían desterrado de su patria y condenado a muerte, buena y sensible como era, debió temblar de compasión por él. Y si él la dijo que su sed de sangre no era otra cosa que amor a la libertad y a la justicia, caridad hacia los oprimidos y sueños de perfección, el alma de la desventurada, ignorante del mal, debió seguramente inflamarse de entusiasmo y admiración.
—¿Cree usted que el desengaño le haya sobrevenido muy pronto?
—¡Muy pronto... y demasiado tarde! ¡Sí!
—¿Cuándo la conoció usted?
—El año pasado.
—¿Dónde?
—Aquí, en el Beau Séjour.
—¿Todavía no había alquilado la villa?