—No, pero no es difícil adivinarla.

—¿Sería ella también su querida?

—¿Se asombraría usted de ello? ¿No sabe usted que estos vengadores de la oprimida humanidad aman el placer, lo buscan, tienen mucho gusto en asociarse al deber?

La manera de expresarse del joven era más y más amarga cuando hablaba de aquellos que en su concepto debían haber deseado la muerte de la criatura adorada por él.

—De modo que, supongamos, que esa joven sea querida del Príncipe. ¿Habrá, por celos, asesinado a la Condesa? ¿Pero, de quién podía haber estado celosa? No de la Condesa, a mi parecer, porque ésta no amaba ya al Príncipe sino a usted. ¡Ni tampoco ciertamente del Príncipe, que no amaba ya a la Condesa, sino a ella!... ¿Y él mismo, siendo esta la condición de las cosas, qué motivo habría tenido para cometer ese delito?... Por otra parte, usted ha invocado el testimonio de la criada para confirmar su acusación. ¿Cómo se explica usted que esta mujer, apenas viera el cadáver, dijera que su patrona, al matarse, había puesto en práctica un antiguo propósito?

—¿Eso no le prueba a usted—exclamó el joven, sin contestar directamente a la pregunta, si no formulando el a su vez una nueva interrogación,—eso no le prueba a usted en qué abismos de desesperación había caído? ¿No es cierto que para que, inspirada y sostenida siempre por una fe como la suya llegara a hablar de darse la muerte, la vida debía habérsele hecho odiosa o intolerable?... Sí, hubo un momento en que deseó morir. Yo mismo oí de su boca la tremenda palabra. Pero eso fue un momento, y no ahora... ¿Debo decir a usted cuál era la esperanza que después nos mantenía a ambos... el sueño divino de una felicidad?...

Ahogado repentinamente por los sollozos, le fue imposible proseguir. Y el juez, a cada momento más impresionado al ver que la fisonomía moral del joven era muy distinta de la que él le había atribuido guiándose de sus propios recuerdos y de la reputación que aquél tenía, examinaba mentalmente la eficacia de la prueba moral que por fin precisaba el acusador.

Si era cierto lo que decía, si la muerta le había amado, la acusación parecía ya menos improbable. Que el sentimiento del más allá hubiera debido impedir matarse a aquella mujer, era cosa que Ferpierre creía hasta cierto punto; pero que un sentimiento más humano, enteramente humano, hubiera podido disuadirla de su funesto propósito, no le parecía improbable. La calidad de los motivos a que el hombre obedece es muy diversa, y en la jerarquía de los sentimientos la fe tiene el puesto más alto; pero, en la práctica, sus virtudes no están en relación con el grado que ocupan en esa escala ideal, y con mucha frecuencia pueden más, no solamente las pasiones inferiores, sino hasta los ínfimos instintos. Contra los dolores insoportables, contra la necesidad de inquietud y reposo, el sentimiento religioso que prohíbe la muerte voluntaria puede ser ineficaz; el amor, la esperanza de satisfacer una pasión esencialmente vital, reconcilian más prontamente con la vida.

—Pero ¿qué valía aquella presunción? ¿Cómo servirse de ella para inculpar a dos personas?

—Usted comprenderá—repuso el magistrado cuando vio calmarse la angustia de Vérod,—la necesidad que me obliga a hacerle ciertas preguntas que le serán dolorosas. Me parece haber comprendido bien el sentimiento en fuerza del cual la Condesa, a juicio de usted, habría permanecido con un hombre con quien ya nada la ligaba. Quería aceptar, casi sufrir, ¿no es cierto? como un castigo merecido, hasta el último, las consecuencias de su error... Pero si eso le había sido posible antes de conocer a usted, ¿cómo no recuperó su libertad el día que otra esperanza la sonrió?