—Sí, ¿por qué no la recuperó?—replicó Vérod, como hablando consigo mismo.
—¿Usted no sospechó el motivo?
—Ella misma me lo dijo.
—¿Y fue?...
—Que ya no se creía, no se sentía libre... El compromiso que había contraído un día al aceptar la vida común con ese hombre, era para ella un compromiso sagrado... No quería pasar de un hombre a otro... Ni yo tampoco la quería de esa manera...
¿Era creíble el escrúpulo que manifestaba Vérod? Un hombre enamorado que se siente amado ¿conoce obstáculos por el cumplimiento de sus anhelos? Cierto es que en las almas capaces de abrigar ideas generosas y escrúpulos delicados, tienen éstos y aquéllas mucha fuerza, principalmente en los comienzos de la pasión, y de las mismas declaraciones del joven resultaba que su amor estaba en la base inicial. Después, se presentaba tan distinto de lo que debía ser según su reputación, hablaba con un acento tan profundamente triste, había en su voz un temblor tan vecino del llanto, que Ferpierre no quiso sospechar de su sinceridad.
—Pero entonces—replicó,—si esa señora le amaba a usted y no se creía libre; si por una parte quería y por otra no podía romper un vínculo ya mortificante para ella; si el nuevo amor en que se concentraba su sola razón de continuar viviendo le estaba vedado por escrúpulos morales, ¿ese mismo argumento que usted aduce para reforzar su acusación, no se vuelve en contra de ésta? La esperanza que habría debido sostener a esa mujer ¿no se habría convertido más bien, en un nuevo y último motivo de desesperación?
—¿Cómo?... ¿Por qué?...—balbuceó Vérod, aturdido.
—Digo que, queriéndole a usted esa señora y no pudiendo amarle sino a costa del respeto que se tenía a sí misma, no encontró en el amor que usted la tenía el consuelo que usted dice. Por el contrario, ese fue su dolor extremo, la razón definida que tuvo para abandonar la vida.
Como si el joven no hubiera comprendido al principio, o le pareciera haber comprendido mal, miraba a su interlocutor con ojos despavoridos, y en toda su actitud, en sus labios entreabiertos, en su respiración breve y precipitada, en el tembloroso ademán con que alzaba el brazo y se oprimía el pecho con la mano, se veía como si de repente hubiera sentido el corazón atravesado por un dolor agudísimo.