—¿Tampoco a esto quiere usted contestar? Voy a hacerle otra pregunta: ¿Dónde estaba usted en el momento de la muerte de la Condesa?

—En el escritorio del Príncipe.

—Y él ¿dónde estaba?

—Conmigo.

—¿Conocía usted a la muerta?

—Nunca hablé con ella.

—¿Hoy la vio usted?

—No.

—¿Sabía usted que hacía años que vivía con su amigo, que le amaba, que se amaban?

Al prolongar el juez esta pregunta, en la cual hacía especial hincapié a fin de leer en el ánimo de la nihilista, no quitaba los ojos de los de ésta. Pero la joven contestó, impasible: