—¿Y estaba muerta?

—Expiraba.

—¿Por qué se habrá matado?

—No lo sé.

—¿Qué dijo el Príncipe?

—Lloró.

—¿Cuántas veces ha venido usted a esta casa?

—Dos o tres veces.

—¿No desagradaban a la difunta esas visitas de usted?

—No sé.