—¿Conoce usted a Vérod?
—No sé quién será.
—La persona que denuncia el asesinato.
—No lo conozco.
El juez cesó de interrogarla.
—La ignorancia de usted es demasiado grande. Ya procuraremos ayudarla a usted a acordarse. Mientras tanto, permanecerá usted a disposición de la justicia.
La joven se marchó, alta la frente, impasible como había estado durante todo el interrogatorio, y Ferpierre, contemplándola mientras se alejaba, reflexionaba que por ese lado nada sabría.
Ya había tenido ocasión de conocer a más de una de esas eslavas de alma misteriosa, de esas jóvenes que en la flor de la edad, tras de estudios más que severos, persiguen con férreo corazón un trágico ideal, y por él, para asegurar su triunfo, no solamente sabían desafiar y vencer toda clase de resistencias y obstáculos, sino también sacrificar la vida. La obscuridad que rodeaba el suceso, en vez de disiparse, iba condensándose; el juez sentía impaciencia por hallarse cara a cara con aquel que debía ser seguramente el principal actor.
Cuando el Príncipe entró en la habitación, el magistrado observó atentamente su persona. Era sin duda uno de los hombres más hermosos que Ferpierre había visto en su vida: alto, robusto, ágil, las mejillas encuadradas en una barba rubia y sedosa, los cabellos castaños algo enrarecidos junto a la frente, con lo que ésta parecía más ancha; el cutis blanco, algo pálido y como macerado, cual sucede en los descendientes de las razas más selectas; los ojos azules, la mirada profunda bajo el puro arco de las cejas; la nariz aguileña, el ademán nervioso, los vestidos elegantes, todo el porte verdaderamente principal.
Al verlo, cualquiera habría reconocido en él al gran señor y al hombre galante, nadie al revolucionario. Su semblante, primero descompuesto por la desesperación en presencia del cadáver de la amiga, después por la ira causada por la acusación de Vérod, se había calmado y llevaba el sello de una profunda tristeza.