El interrogado respondió con un ademán ambiguo, que tanto podía significar asentimiento como duda o ignorancia.
—¡Y ese pobre Príncipe!...—continuó la Baronesa, siempre mirando por lo bajo, continuamente, a la extranjera.—Es un dolor verle sufrir así... Sería necesario que alguien le persuadiera de que se alejara...—Y estas palabras iban encaminadas directamente a la joven desconocida; pero como ésta no contestara, la Baronesa propuso:—¿Por qué no ponen por lo menos el cadáver sobre la cama?
Hablaba desde el grupo formado en torno del cadáver, y, al ver que los circunstantes, aprobaban sus observaciones, pidió y obtuvo que la dejaran pasar. Entonces se acercó al Príncipe, que estaba en ese momento apoyado contra la cama, los brazos colgando, contraídas las manos y los extraviados ojos todavía vueltos hacia la muerta.
—No podemos dejarla así... deseamos ponerla sobre la cama... ¿Quiere usted?
Pero él no contestó, ni pareció siquiera haber oído, y al ponerle la Baronesa una mano en el hombro, tembló como sacudido por una corriente magnética: su mirada extraviada, perdida, desconsolada expresaba una angustia tan pavorosa, que la locuaz señora se encontró por un momento con que le faltaban las palabras.
—¡Qué desgracia!... ¡Qué dolor!...—dijo turbada.—¡Pero hay, sin embargo, que tener fuerza suficiente para resignarse al destino!... Doctor—agregó, volviéndose hacia Bérard, que se acercaba en ese momento al Príncipe.—Desearíamos retirar de allí el cadáver... ¡Me figuro a ratos que la pobrecilla sufre en el suelo!... Y a toda esta gente, ¿no se la podría pedir que se alejara?
—Sí... cierto...—contestó el doctor vacilante y sin saber qué hacer.—Pero antes de resolver nada, hay que esperar la llegada de los magistrados...
—¿Se les ha avisado?
—Aquí llegan.
Efectivamente, el murmullo de las voces acababa de extinguirse en la sala contigua, y en ese instante entraba el juez de paz del circuito Lausana, el comisario de policía, un médico y dos gendarmes.