Lo primero que hizo el juez fue ordenar que se alejara a los indiscretos del cuarto mortuorio y de la sala, y cumplida esta orden, los gendarmes se colocaron en la puerta que comunicaba aquella sala con el otro saloncito, para impedir que la gente volviera. Sólo quedaron con el cadáver, la extranjera, el doctor Bérard, y su colega de la policía, a quien explicaba la inutilidad de toda curación y la rapidez de la muerte; la Baronesa de Börne, que sin que nadie se lo pidiera, informaba de lo sucedido al juez; éste, el Príncipe y el comisario.

—¿A qué se atribuye su funesta resolución? ¿No había algo que la hiciese prever?—preguntó el juez; y la Baronesa, no obstante ser incapaz de callarse, por esa vez se limitó a encogerse de hombros y mirar al Príncipe, para significar que éste era el único que podía contestar.

Zakunine se pasó una mano por la frente, como si se despertara de un profundo sueño, y dijo:

—Sí, había que preverlo... Yo he debido preverlo...

—¿Sufría mucho?

—¡Sufría tanto... tanto!...—respondió el Príncipe, con una entonación de tristeza tan profunda, que el mismo magistrado se sintió conmovido.

—¿Estaba enferma?—preguntó el juez al doctor, después de un breve silencio.

—Sí: de una afección del pecho.

—¿Sabía lo que tenía?

—Sin duda. No era posible ocultarle nada. Era tan inteligente y valerosa, que las mentiras compasivas eran inútiles con ella.