—¿No se podía tener esperanzas de salvarla?
—Su enfermedad era de aquellas sobre el desenlace de las cuales no cabe engaño, pero que mediante un régimen apropiado permiten vivir aún largos años.
—¿Entonces no es la enfermedad lo único que la ha impulsado a matarse?
—No es lo único—repitió como un eco el Príncipe Alejo.
Muy curiosa, casi cómica, era durante aquel triste interrogatorio la actitud de la Baronesa de Börne, la cual, ya que no podía hablar apretaba los labios, movía los ojos, sacudía la cabeza, inclinaba todo el cuerpo, como si sucesivamente repitiera las preguntas del juez y confirmara las respuestas del médico y del Príncipe, para hacer ver que ella había previsto las unas y las otras, y advertir por señas que también ella tenía una observación que hacer. Y de vez en cuando interrumpía:
—¡Eso es!... ¡Asimismo!... ¡Exactamente!... Y teniendo los sentimientos religiosos que tenía...
—¿Cuáles eran?—preguntó el juez.
—Pocas mujeres he conocido de una fe tan sólida y ardiente—contestó el doctor.
—¿Es cierto?...—interrumpió otra vez la Baronesa.—¡Parece increíble lo grande que era su fervor! Yo tengo motivos para saberlo. No daba un paseo sin que su término no fuera una iglesia. Sus excursiones preferidas eran en el distrito de Echallens, a Bretigny, a Assens, a Villars-le-Terroir, a causa de las iglesias católicas que encontraba por allí.
Los domingos y fiestas pasaba largas horas aquí, en San Luis, arrodillada hasta que le faltaban las fuerzas... Y esa era la observación que yo quería hacer a usted: que es por demás increíble cómo, con tanta fe, ha podido hacer lo que ha hecho.