El Príncipe no hablaba. El temblor nervioso que al principio le sacudía iba calmándose; la convulsa, violenta, pavorosa expresión de su rostro lívido y de sus ojos enrojecidos se iba transformando: pálido, agotado, sin fuerzas, parecía él también próximo a caer.
—¿Estaba sola cuando se mató?
—Sola.
—¿Habló usted con ella esta mañana?
—Sí; habló con ella.
—¿Estaba triste?
—Mortalmente.
—Podríamos ver si ha dejado algo escrito.
La Baronesa dio una palmada y exclamó:
—¡Eso es lo que yo he dicho desde el principio!