—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace mucho tiempo... más de un año.
—¿Nunca habló usted de ese peligro al amigo de la Condesa?
—Sí.
Como si no hubiera oído esta afirmación, que desmentía las del Príncipe, ni éste se hallase presente, el juez continuó interrogando a la criada sin siquiera volverse hacia el acusado.
—¿Cuándo se lo comunicó usted? ¿En qué circunstancias? Procure usted precisar.
—El año pasado, un día en que el señor se fue... La señora le rogó mucho que no la dejara sola... Pero él se marchó, y entonces la señora lloró mucho, mucho, y habló de la muerte... Cuando el señor volvió, yo le dije que tuviera cuidado con lo que ella pudiera hacer.
—¿Qué tiene usted que contestar a esto?—dijo con frialdad Ferpierre, volviéndose hacia el Príncipe y mirándolo fijamente.
—No recuerdo el hecho—respondió éste sosteniendo firmemente la mirada del juez.—He confesado mis faltas, esta mujer me habló alguna vez de ellas, y sin duda quería señalarme el peligro, pero nunca me dijo con claridad lo que creía tener razón de temer.