—¿Todavía en los últimos tiempos—repuso el juez dirigiéndose a la mujer—hablaba de su propósito?

—No.

—¿Cómo explicaba usted este hecho? ¿No tenía siempre las mismas razones de quejarse?

—El señor la trataba mejor desde hacía algún tiempo.

—¿Es cierto lo que dice?

—No es cierto. Si yo hubiese reconocido ante la Condesa mis faltas, si la hubiera pedido que me excusara, todavía estaría viva.

Zakunine había bajado la vista; hablaba con un acento de remordimiento tan sincero que Ferpierre se sintió impresionado. El dicho de la doncella de que su patrón había comenzado a tratar mejor a la Condesa, y el de haber éste negado tal cosa al principio, e insistir después en su negativa, perseverando, por el contrario, en culparse, hacían que la acusación fuera pareciendo menos fundada. Y entonces, siguiendo los argumentos de Vérod, ¿habría que volver las sospechas hacia el lado de la joven estudiante? ¿Querría el Príncipe demostrar que se trataba de un suicidio, para salvar a su compañera de fe política?

—¿Qué pensaba su patrona de esa mujer que estaba en la casa, de la Natzichet?

—No sé. No la veía.

—¿Pero tenía conocimiento de sus visitas? ¿Estas le desagradaban?