—No se...
El juez creyó ver que la presencia del acusado impedía a la criada hablar libremente.
—Déjenos usted solos—dijo a Zakunine.
Cuando éste desapareció, inclinada la cabeza por la puerta donde vigilaban los gendarmes, el juez se acercó a la criada.
—Oiga usted—la dijo en voz baja, pero con vivacidad y en tono de persuasión confidencial;—nos encontramos en presencia de una grave duda. Mientras las apariencias demuestran que la patrona se ha matado, hay quien asegura que ha sido asesinada. Nadie mejor que usted puede ayudar a la justicia a descubrir la verdad. Usted creía que ella misma se había quitado la vida: ahora que conoce usted la acusación, ¿no duda usted?
La mujer juntó las manos, indecisa, confusa.
—¡Qué podría decir yo, señor!... ¡Esto es espantoso!... Yo no sé.
—¿Qué piensa usted de su patrón? ¿Lo cree usted capaz de haber cometido un delito como ese?
La mujer vaciló durante un momento, pero luego contestó resueltamente:
—No.