—¿Qué temía?
—Se temía a sí misma.
—Entonces, si la Condesa abrigaba esa simpatía, y en el caso de que el Príncipe, como usted, la hubiera notado, ¿no cree usted que cuando comenzó a tratarla mejor fue por miedo de perderla, celoso de Vérod?
La mujer abrió los brazos y meneó la cabeza.
—No podría decirlo, señor.
—De la rusa, de esa estudiante, ¿qué piensa usted?... ¿Qué venía a hacer aquí?
—Yo no sé, porque, siempre se encerraba con el señor en el escritorio.
—¿Cuántas veces ha estado aquí?
—Tres o cuatro veces.
—¿Nunca sospechó usted que hubiera entre ellos una relación muy íntima... que ella fuese su querida?...