—¿Se quedó mucho tiempo?

—Pocos días, pero después volvió muchas veces, estando nosotros en Niza y aquí. Parecía otro. Parecía temerla.

—¿Cómo se explica usted tal cambio?

—No sabría decirlo. Sin duda, al verla tan triste y enferma, reconocía haber procedido mal.

—Fíjese usted bien en la pregunta que voy a hacerla: ¿qué era para su patrona el señor Vérod?... Dígame usted lo que sepa. Es necesario descubrir la verdad, castigar a los culpables, si los hay, vengar la muerte de esa pobre señora, en el caso de que haya sido asesinada. ¿Querría usted que los asesinos quedaran impunes?

—Voy a decir a usted lo que yo creí comprender. La pobrecilla no me habló nunca de él. Sólo una vez me dijo:—«Qué amable es el señor Vérod, ¿no es cierto?...»—Yo comprendí que su compañía, su amistad le eran muy gratas, por más que a veces evitase el encontrarse con él.

—¿Cómo era eso?

—No sé; pero a veces parecía que hasta le tuviera aversión. Pero aquello pasaba pronto...

—¿Temía, quizá, que el señor Vérod, como todos los hombres, llegara a la larga a no tratarla con la delicadeza que al principio?

—No lo creo. ¡Es tan bueno el señor Vérod! Sin duda temía algo, sí, pero...