Para que concibiera y expresara esas ideas ¿no era necesario que ella misma se encontrara reducida al extremo de tener que pensar en la muerte? ¡Y cuán grande era la compasión que había invadido su corazón al ver que los hechos correspondían a los argumentos más de lo que se hubiera creído!
Pero ella no podía haber pensado en la muerte para huir del dolor. El dolor es la misma ley de la vida, solía decir, y lejos de huir de él, lo que se necesitaba era hacer consistir el deber y el gozo en soportarlo con serenidad. Lo que había querido era substraerse al mal. Lo había afrontado para destruirlo; había descendido hasta allí por cumplir una obra de redención. La fuerza del amor le había parecido suficientemente grande para triunfar de manera inerrable. Pasando por sobre las leyes humanas y hasta ¡mayor prueba! por sobre las divinas, había esperado hacerlas aceptar al hombre que las negaba y combatía todas. Ella misma había caído en el error por evitar que continuase consumándolo, para hacer que creyera en algo bueno. Y de ese soberbio sueño se había despertado impotente, lastimada, envilecida ella también. Su amor había sido despreciado, sus ruegos desoídos, su fe ofendida; la obra de destrucción había continuado más activa que antes, y ella, que había querido impedirla, se consideraba su cómplice. Entonces había reconocido, demasiado tarde, que el camino en que avanzaba debía tener fatalmente una sola salida: persuadida de que su engaño no merecía perdón, había pensado en la muerte. En ese momento se hallaba, en que las consecuencias del engaño fatal le parecían más graves, en que el último destello de su esperanza se había apagado ya, cuando Roberto Vérod la había encontrado, y así como éste había visto en ella su salvación, ella también se había sentido revivir. Ciego, ella había visto por él; dolorida, él la había socorrido. Aquella mutua salvación había permanecido ignorada de entrambos durante muchos días. Ninguno de los dos, al sentirse renacer por obra del otro, había creído posible, sin embargo, que semejante milagro se hubiese realizado por su propia virtud. En los primeros tiempos, él se había contentado con contemplarla, había vivido con su luz, sin imaginar un gozo mayor, y cuando por fin llegó a concebir y vislumbrar otro, huyó de ella.
Dirigiendo en torno la mirada, haciéndola vagar por el círculo de montañas, todas grises con la luz de la luna, recordaba en ese momento la mañana de su fuga, un amanecer lívido y frío, el lago plomizo flagelado por el viento, erizado de las olas opacas. Huía sin la menor vacilación. La esperanza, la certidumbre de volverla a ver le sonreían. ¿Cuándo, dónde? No lo sabía. Pero la vería. Y la llevaba en el alma. No había llorado porque tenía el alma llena de ella. En la orilla, al ver aparecer la barca gris sobre las aguas grises, había sentido oprimírsele el corazón. Mientras había podido ver las playas de Ouchy, de las alturas de Lausana, sus ojos no se habían desprendido de ellas.
Y del viaje no recordaba más que algunas rápidas escenas. La víspera de la fuga, había pasado toda la noche escribiendo. Sabía que no podía enviarle más que una palabra de saludo, pero había escrito toda la noche. A bordo un sueño penoso, una grave pesadilla lo había abrumado. Oía incesantemente el fragor de las olas que se estrellaban contra el fuerte casco de la embarcación, y sentía su propia fatigosa respiración: veía huir las orillas, e ignoraba dónde estaba, adonde iba.
Había ido a Italia, a contemplar los bellos paisajes, el sol claro, el cielo bellísimo, que la había hecho a ella tal cual era. Había estado en Milán, con el objeto de ver su casa natal, una casa alta y severa como una torre, situada en una calle lejana y silenciosa, enfrente de una pequeña iglesia embellecida por muchísimas flores. Había visitado la pequeña ciudad de provincia en cuyo colegio había pasado su adolescencia, y después había ido a Brianza, el país de las rosas, donde había transcurrido parte de su juventud, donde estaban sepultados los suyos. Felices divagaciones habían ocupado su mente; pensando en los juveniles años de su amada, en las ingenuas esperanzas que la habían sonreído, en la alborada radiosa de aquella vida benéfica, había llorado lágrimas gratas. Pero en otra parte lo esperaba el llanto tempestuoso.
Después de una larga peregrinación, al final de la bella estación, pasó por Niza como acostumbraba siempre al dirigirse a París. En Niza había perdido a su hermana, la única compañera de su huérfana juventud, y delante del sepulcro de aquel ser querido, iba siempre a meditar sobre los terribles enigmas de la vida y de la muerte. Aquel año se acercaba a la tumba menos seguro de sí mismo, lleno de nuevas ideas que tenía que confiar a aquella cara memoria, ansioso de las inspiraciones que allí recogía. De aquella hermosa muerta le había hablado un día que la acompañaba a Chillón; le había dicho cuán tierno había sido su cariño, qué parte tan grande de su ser estaba encerrada en aquella tumba, y ella le había pedido que siguiera hablandola de la muerta, y varias veces había repetido su ruego, había querido conocer los detalles de la vida de la joven, ver sus retratos, y con palabras cuyo secreto sólo ella poseía, había expresado la íntima dulzura del amor fraternal.
Dirigíase apresuradamente al sepulcro con el vivo afán de confundir en un solo pensamiento las imágenes tutelares de la muerta y de la ausente, cuando sus ojos sintieron un deslumbramiento: en el muro funerario, junto a los esqueletos de las guirnaldas votivas que habían ido reuniéndose allí una tras otra, una gran corona alba lucía como una aureola. No era de flores, sino de blanca tela o hilos de plata; una mano hábil había plegado el raso blanco, los encajes blancos, los tules blancos, figurando con ellos níveos pétalos y hojas espumosas.
Su confusión ante ese espectáculo duró un segundo, durante el cual, pensando que nadie más que él en el mundo había amado a la muerta, el estupor, la ignorancia del afecto de donde venía aquella ofrenda, lo dejaron perplejo y ansioso. Pero luego comprendió con la velocidad de un relámpago. Sólo un ser, aquel ser de amor podía haber ido a colgar allí esa corona: y las lágrimas comenzaron a inundar su rostro, incontenibles. Benefactora secreta, consoladora compasiva, se denunciaba en la inspiración de amor que la había guiado hasta aquella lápida; en el pensamiento amoroso que la había hecho tejer aquella guirnalda. Los huesos de la muerta habían debido temblar cuando la compasiva mano colocaba la blanca ofrenda. Y él, temblando también, lloraba de gozo secreto, de gratitud desbordante, de tímida esperanza.
Así, él vivía en la memoria, en el corazón de aquel ser adorado. En los momentos en que se preguntaba qué recuerdos habrían quedado de su persona a la ausente, cuando dudaba de que pensara en él ni un instante, la encontraba partícipe de su religión del sepulcro. Y al fijar la mirada, obscurecida por las lágrimas en la luminosa corona, le parecía que por un nuevo prodigio su hermana muerta expresara los sentimientos que lo invadían; así como al través del espacio y del tiempo el pensamiento de la ausente llegaba hasta él, al través de la vida el alma de la difunta hablaba, repetía el consejo que sus oídos habían escuchado otra vez. «Ama y vive; creé y vive; espera y vive.»
Uniendo con la imaginación en el mismo cuadro a las dos bellas imágenes, las veía cogidas de las manos, y salirle al encuentro radiantes. La ausente había sacado del sepulcro a la muerta, los dos fantasmas vivían la misma vida sobrehumana, intangible. Pero al través de la admiración que sentía, de ese éxtasis consolador, y de su fe tan reconfortante, un sentimiento de secreta angustia le oprimía el corazón al pensar que jamás palabra alguna habría podido expresar a aquella de las dos criaturas que vivía aún, el ímpetu de devoción hacia su persona, la necesidad de inclinarse ante ella que lo dominaban. Tomar, de rodillas, su manó, besar esa mano que había tejido la virginal corona, eso era lo único que podía hacer. ¿Pero le bastaría con eso? ¿No lo ahogarían, en el momento dado, todas las ideas que se agitaban en su mente? ¿Y a la inspiración de amor puro que la había conducido a aquella tumba iba a contestar con la confesión de un amor exigente, de un amor agresivo? ¿No era verdad que ya en ese momento la quería para sí, toda para sí, desde que sabía que era suya en la fraternidad de ultratumba? ¿De manera que había sido inútil la fuga? ¿Qué habría debido hacer, entonces?...