El recuerdo de aquellos momentos de gran ansiedad lo hizo ponerse en pie: se volvió en dirección al lago, echó a andar, extendiendo el brazo como en busca de un sostén, cual si estuviera ebrio. La dulzura del recuerdo lo embriagaba, sí, lo substraía a la tristeza presente. Pero la ensangrentada imagen reapareció y el corazón se le oprimió de nuevo. El inicuo destino destruía así a las únicas criaturas dignas de vivir, y así perdía él, una después de otra, a sus hermanas.
—¡Hermana!... ¡Hermana!...
Tal había sido para él. Las dos únicas cosas gratas a su corazón eran esas: el cariño de hermana, el nombre de hermana. Todos sus otros amores habían sido pérfidos y venenosos, no le habían dejado ni un solo buen recuerdo: desdén y nada más que desdén le inspiraban todos ellos: desdén contra las pérfidas, desdén contra sí mismo. En un tiempo se había vanagloriado de aquellos amoríos, se había ensoberbecido con ellos como si cada uno hubiera sido una verdadera fortuna. Pero, concebidos en el mal, esos amores llevaban en sí el germen de la destrucción; ninguno de ellos había dejado de hacerle sentir su podredumbre, todos le habían enfermado el alma; pero aquello no era más que su castigo merecido.
Y cuando no quería incurrir más en el error; cuando sentía resurgir dentro de sí la necesidad, por largo tiempo insatisfecha, de una íntima comunión; cuando no podía ya vivir solo, volvía a encontrar, en ella, a la hermana. Ir en su busca, decirle de viva voz el gozo que le proporcionaba, había sido su primer impulso; pero no había querido obedecerlo. La exaltación de su alma era todavía tan violenta, y para su soledad era un consuelo tan grande el pensar continuamente en ella, que quiso y pudo esperar. Celoso de sí mismo, casi temeroso de empequeñecer su propio sentimiento investigando sus pormenores, había vivido en una felicidad secreta cuyo origen casi olvidaba. Como al despertarse de un sueño agradable, como sucede cuando latentes e ignotas energías excitan y multiplican los sentidos de la vida, en todas las cosas encontraba nuevas virtudes.
Por fin, un día la escribió. Tratándose de tan sensible criatura y de su propio sentimiento secreto, las expresiones verbales, demasiado vivaces, no convenían. Y al escribirle contuvo el ímpetu de las pasiones, calló sus esperanzas, moderó su gozo, expresó únicamente su gratitud.
Ella le contestó. Le hablaba de su difunta hermana. ¿Qué otros recuerdos habrían podido en ningún momento reproducir en su memoria las palabras fraternales?
«Ciertamente, he conocido a su hermana y su memoria me es grata. Cuando usted me habló de ella, cuando me dijo usted cuáles eran las preciosas y raras dotes de su persona y de su corazón, comprendí que en ella se encarnaba la aspiración de mi juventud, que esa era la hermana que jamás he podido consolarme de no encontrar a mi lado en las horas de alegría como en las de tristeza. Cuando usted me refirió el desastre de su muerte, me pareció como si yo misma hubiera perdido ese tesoro de bondad y hermosura. Y al saber que estaba enterrada en la ciudad donde paso una parte de mi vida, formé el propósito de ir a rezar delante de su tumba. Ahora, he cumplido con júbilo el compromiso que había contraído conmigo misma, y me siento feliz al saber que esta idea mía le haya sido a usted tan agradable...»
¡Y también ella estaba muerta!
El día había muerto, la alegría había muerto. La luna extendía por sobre el paisaje una luz mortuoria, de tumba; las paredes blanqueadas parecían lápidas sepulcrales; el silencio y la inmovilidad de la muerte estaban en el agua, en la tierra, en el cielo, en todo. Eran ya dos las sepulturas delante de las cuales iría a arrodillarse, o en las cuales su mano iría a depositar coronas. Pero ella no había sido aún enterrada. El cadáver ensangrentado había estado todo el día en la mesa de las autopsias, entre las manos de los anatomistas, y a esa hora se encontraba en la iglesia.
Vérod volvió a mirar en torno suyo para reconocer el paraje en que estaba y encaminarse al templo: se hallaba en el camino de Lucerna. Con paso ya más firme, echó a andar, por la ruta de Jurigoz. En la misma casa de oraciones donde se habían reunido las primeras veces, iban a tener la postrera reunión.