Lejos de ella, su mirada y su pensamiento se habían vuelto hacia el Cielo en su busca. Después de la primera carta había intentado escribirla una vez más, pero las palabras se habían mantenido rebeldes. Y su vida había sido una continua ansiedad. Por todas partes la buscaba. Delante de todas las cosas bellas creía verla. A veces sentía un vuelco en el corazón, al ver en la calle alguna persona que tenía con ella una lejana semejanza. Pero cuando pasaban estas ilusiones su dolor se agravaba. El terror de sus noches eran los sueños, durante los cuales creía haberla perdido ya, jamás volver a verla. Uno de esos sueños se repetía frecuentemente: estaba en su presencia, sentía el corazón palpitarle, las manos le temblaban, y no podía pronunciar una palabra, y ella, después de haber esperado en vano sus palabras, se alejaba, se desvanecía, dejándole inmóvil, petrificado.
Esa angustiosa incapacidad para todo, lo dominaba aun despierto, le impedía correr a buscarla. Cuando fue a Niza y no la encontró allí, sintió casi un alivio. Y al verla otra vez en Ouchy, al principio del verano, tembló. Con el tiempo y la distancia creía haberse substraído a la influencia de su gracia; pero su presencia renovó el prodigio: la angustia y el miedo, y todos los sentimientos indignos cedieron de improviso cuando se encontró a su lado. ¿Podía acaso ocultarle que vivía de su favor?... Y además, antes de que hablara, ella lo había comprendido. No se mostró ofendida de su confesión de amor, ni había dudado de la existencia de éste. Los falsos pudores, las hipocresías del sentimiento le eran desconocidos.
«¿Me creerá usted, así como yo le creo?» le había preguntado. Estaban en la montaña, en el bosque de Comte: más allá de las pendientes frondosas se dibujaban límpidos y tersos el lago, los montes, los paisajes, en la luz deslumbrante. Y deslumbrantes de verdad eran sus palabras: «La verdad es como la luz, no se esconde. El recuerdo de usted me ha acompañado por todas partes; la esperanza de volverle a ver me sonreía. Yo sabía que esta hora llegaría. Pero hay otras verdades en la vida. Y así como lo que le he dicho es realmente cierto, también lo es, y con verdad moral, que el amor de usted y el mío no son durables. El amor tiene que recibir satisfacción. En la plena felicidad muere, pero después de haber vivido. Conservarle la vida de miedo de que muera, es como matarse porque se tiene que morir. Pero la vida del amor depende de una condición: la observancia de las leyes. Piense usted en su difunta hermana. ¿Qué habría deseado usted para ella, si hubiera vivido? Que hubiera amado a un hombre que la amara. Usted no habría investigado demasiado minuciosamente el pasado de aquel hombre, no se habría inquietado de sus primeras y menos dignas pasiones. Eso está en las leyes naturales, que quieren que los hombres sean más ansiosos de la dicha, más impacientes. Aquel hombre habría desdeñado su pasado y habría temblado de gozo y orgullo al estrechar contra su corazón a la virgen. Los dos se habrían unido para siempre, pero no se habrían contentado con un tácito compromiso, habrían solicitado la sanción social y la divina, porque la ley moral quiere que el amor sea el fundamento de la familia: así no muere, o tal vez se transforma. Nosotros nos hemos conocido demasiado tarde. Yo no niego que se pueda amar más de una vez, principalmente de parte de los hombres. Para nosotras, mujeres, el experimento es demasiado arriesgado. Y, en general, mientras más se prueba, menos se cree. Demasiado tiempo he vivido fuera de las leyes para que todavía pueda esperar volver a ellas. Usted no quiere creer ahora esto, y su duda es sincera; pero más tarde lo creerá, con sinceridad igual. No me hago peor de lo que soy; pero si los demás no tienen la conciencia de mi decadencia, yo la tengo, indestructible. Este sentimiento disputaría la vida a la fe. Ante la tumba de la hermana de usted, cuando usted se hallaba lejos, cuando no sabía lo que sucedería entre nosotros, pensé en unirme a usted con un sentimiento fraternal. Ahora veo que aun esto nos está prohibido. Usted debe avergonzarse de mí. Si la compasión no fuera más fuerte, usted no conseguiría dominar la tentación de cambiar la naturaleza de los vínculos que nos unen, o venciéndola, sufriría usted demasiado en consecuencia. Todas estas cosas están fuera de las leyes, todas están destinadas naturalmente a perecer y hacer daño...»
Todavía no muy cierto de que se encontraba delante de una conciencia tan segura, había tratado él de refutar aquella luminosa demostración; pero ella había tendido la mano hacia los montes lejanos:
«¿Ve usted aquellas montañas? Unas partes están iluminadas, otras permanecen en la sombra. Pero como el sol sigue su carrera, llega el momento en que éstas se iluminan y las otras se velan. La verdad es en todo como la luz: no va sin la compañía de la sombra. Si en este momento cree usted que algunas sombras misteriosas y propicias le permiten esperar, aguarde usted a que avance el tiempo y entonces la luz cruda le hará ver su engaño...»
Pero él no la había dejado terminar:
«Y yo voy a decir otras verdades que usted no sabe o no quiere saber. Usted, que se juzga así; usted, que tiene una mirada tan clarovidente, ¿no sabe que por su rectitud, por su sinceridad, por su humildad, es una criatura selecta, digna de reverencia? ¿No sabe usted que la vida lo contamina todo? ¿Hay algo en el mundo que esté exento de errores? ¿Y siendo así, cree usted que la diferencia entre los errores breves y los mayores importa mucho? Lo que importa es alimentar el ideal del bien. Aquel que una vez se ha desviado y después entra en el buen camino, ¿no es más digno de premio que el que siempre siguió la vía recta? Hubo un tiempo en que yo pensaba que ésta fuera la injusticia de la fe cristiana y usted misma me ha hecho volver a mis creencias. Si usted ha errado, las intenciones que la condujeron al error la hacen más merecedora de perdón que a cualquier otro. Usted que se siento indigna del perdón lo ha esperado, lo espera...»
«No aquí» fue su respuesta. Y lloró. ¡Ella no!
El tiempo había pasado sin disipar esas sombras: él no la decía que su amor lo había convertido en otro hombre, en un hombre capaz de otras cosas: ese orgullo la habría desagradado, tal presunción la habría lastimado. Sin decirle nada más, había ido viviendo en su puro encanto. La certidumbre de ser amado por ella le colmaba de una alegría tan límpida, que en su ser no quedaba ninguna otra energía para ningún otro objeto. La esperanza florecía en la sombra, ocultamente. Las palabras no la expresaban porque ella no lo necesitaba: debía, por el contrario, permanecer sigilosamente guardada. Su vitalidad era tan frágil, que no habría resistido al menor choque. Entregada a sí misma, se sostenía naturalmente, poco a poco; se alimentaba de todo y era el alimento de todo...
Roberto Vérod se detuvo de pronto, estremeciéndose.