Estaba delante de San Luis. Las ventanas de la iglesia, iluminadas por la luz interior, se dibujaban en las paredes: las lámparas velaban.

Vérod se desplomó junto a la verja.

¡La víspera había oído su voz! ¡La víspera le había abierto su corazón! ¡La víspera ella había permitido que le besara la mano!

Y después... ¡muerta, asesinada! ¡Y el juez no creía en el delito! ¿Y él estaba vivo?

IV

HISTORIA DE UNA ALMA

La incertidumbre del juez Ferpierre acerca del drama de Ouchy iba en aumento. Los resultados de la autopsia no arrojaban luz alguna: el examen de la herida redonda, ennegrecida por el humo del arma, demostraba que el tiro debía haber sido disparado de un distancia de cerca de medio metro, y si esto confirmaba la hipótesis del suicidio, no excluía la del asesinato, que el homicida habría podido tirar de cerca. Tampoco las lesiones internas, el camino seguido por el proyectil, que iba por una línea inclinada de abajo arriba, permitían formarse una opinión precisa. En la persona de la muerta, ningún rastro de la violencia: ni en las manos, ni en las muñecas, ni en el cuello.

Faltando, por consiguente, las pruebas reales que pudieran confirmar una de las dos suposiciones, Ferpierre esperaba encontrar alguna prueba moral en el libro de memorias secuestrado con otros papeles en el domicilio de la difunta. Y la misma noche de la autopsia lo dejó con la fiebre de la curiosidad suscitada en él por el misterio.

Las primeras páginas no tenían fecha, pero se referían evidentemente a la adolescencia de la Condesa. Comenzaban con las impresiones de la niña al salir del colegio, con las manifestaciones del júbilo que la había embargado al volver a ver su casa, al encontrarse de nuevo con su padre. Sin embargo, no se olvidaba del tiempo que había pasado lejos; las páginas donde expresaba la dulzura de su nueva vida estaban todavía llenas de los recuerdos de la antigua.

«A esta hora están mis compañeras en el jardín. Sor Ana se pasea en torno de la fuente, leyendo en ese libro que jamás termina, cuidando la pobrecilla a sus hijitas. Las inseparables se pierden, la una del brazo de la otra, por entre los tilos; Rosa Blanca se queda sola con sus pensamientos; las locas corren, gritan, juegan. ¿Quién se acordará de mí como yo me acuerdo de ellas?»