El sentimiento predominante era su adoración por su padre.
«He llegado a saber que papá me ha tenido en el colegio porque creía no poder atender suficientemente, por ser hombre, a mi educación y a mis distracciones. Y ahora, siempre nos entendemos, en todas las cosas: él dice que soy demasiado seria, cuando ve que estamos de acuerdo en las ideas graves, y yo por mi parte digo que él es demasiado bueno cuando participa de mis pensamientos fútiles o simplemente locos. La verdad es más sencilla, y mañana se la voy a decir ¿cómo no lo he pensado antes? Soy su hija; ¿por qué asombrarse de que me parezca a él?
»¡Me gusta tanto tomar su brazo cuando salimos! Pero, naturalmente, mucho mejor es cuando él torna el mío. Entonces me siento casi orgullosa de que mi papacito, un hombre tan fuerte y grande, se apoye en mí; me parece que le sirvo de algo; pero después me entra un terrible miedo de no servir en realidad para nada...
»Es necesario que yo diga a papá una cosa que noto desde hace días. Está temeroso de que yo me aburra al verme sola en esta enorme casa: se le ve el empeño que tiene en distraerme, en proporcionarme placeres y diversiones. Hoy ha reprendido a Juan, porque tardó en ir al teatro, y cuando llegó ya no encontró ni un palco disponible: se ha enojado porque no puede llevarme a esta función, no porque quiera ir él, Julia me ha dicho que cuando estaba solo nunca iba al teatro. ¡Pobre papacito, cuánto me duele que se sacrifique por mí! Antes iba todas las noches al club: ahora ya no va más. ¡He tenido que rogarle tanto para que no abandone demasiado a sus amigos por mí!...
»He dicho mal: papá no hace sacrificios por mí, como yo tampoco los hago por él. Dar gusto a las personas a quienes se quiere es el mayor placer. Pero yo quisiera persuadirlo de que está en error al temer que me fastidie. Yo no me he fastidiado nunca. Paola Leroni repetía siempre estas palabras:—¡Hija mía, qué fastidio tan grande!—A todas nos llamaba hijas, aunque fuéramos mayores que ella, y se aburría siempre de todo. Sus parientes tardaban en sacarla del colegio, pero ella no se quejaba:—¡Hija mía, qué fastidio tan grande!—Se fastidiaba jugando, estudiando, paseando, trabajando, si salía a la calle, si se quedaba sin salir: no se sabía qué hacer para curarla de su aburrimiento. Debía sufrir de alguna enfermedad la pobrecilla. Probablemente papá me cree a mí también enferma...»
En seguida hablaba de sus males físicos, de la inquietud de su padre por su salud: la habilidad de éste para curar a los enfermos era mayor que la de una hermana de caridad.
«Casi deseo sufrir alguna indisposición para verle asentado a mi cabecera, para oírle narrar las historias con que me distrae, para verle ir de aquí para allá en el cuarto, preparar la medicinas, acercar la mesita a mi cama, quitar a Julia todas las cosas de las manos y hacerlo él mismo todo, ¡mejor que sor Ana!...
»¡Oh, no! ¡Pobre papacito mío, no quiero estar más en la cama; quiero sentirme siempre bien y tener buen semblante, y hacer mucho ruido en la casa, para que tú te tranquilices, para que no te aflijas tanto por mi causa! ¡El otro día, mientras los doctores me examinaban, lo vi en el espejo: no se imaginaba que yo lo miraba, y se apretaba una mano con la otra e inclinaba la cabeza hacia nosotros, respirando fatigosamente, como si la persona que esperaba la sentencia del médico, fuera él mismo!...
»A veces me parece, cuando me duele la cabeza, o estoy resfriada, o no como algo porque me desagrada, que mi papacito tuviera mis dolencias y sintiera mis náuseas: si toso, me parece que a él también le duele el pecho; si siento frío, que él también lo siente. ¡Qué bueno es quererse así!»
Era tan alta y su papá todavía tan joven, que quizás los creían hermanos, y ese error de la gente le causaba inmenso placer. Además en su opinión el error no era tan grande como parecía: