«¿Podría un hermano hacer más por mí? El hermano de Virginia no la da más que disgustos a ella y a toda la familia. Los hombres, aun cuando son buenos, no comprenden tantas cosas, las cosas que no se piden; mientras que mi papacito...»

Y también de este hecho encontraba una explicación:

«Como quiso tanto a mi pobre mamá, tomó todos sus gustos, sus hábitos, su modo de pensar y de sentir. Y todo el cariño que ella me tenía cuando yo estaba en pañales, lo heredó él, y lo supo conservar, y ahora me lo da. ¡Qué desgracia tan grande, la muerte de mi mamá! Siempre hablamos de ella, siempre la tenemos presente: ¡Si yo pudiera verla un día! Pero cuando papá se lamenta de no ser suficiente para atenderme, no tiene razón, yo doy gracias al Señor de haberme dado un padre como el mío, que me quiere tanto, que satisface hasta mis menores deseos.»

También ella temía no bastar al contento de su padre, y no era tanto por sí misma como por él que pensaba que si hubiera tenido una hermana, entre las dos habrían conseguido mejor hacerlo feliz. Las familias muy numerosas y unidas le daban envidia.

«Cuando se está entre tantos, cada uno dice algo, cada uno piensa algo, los caracteres diversos obran los unos sobre los otros y se modifican, mientras que, una persona sola, ¿puede ser a la vez seria y alegre, puede pensar en todo, preverlo y hacerlo todo? Cuando me siento mal, siento con más fuerza la falta que me hace una hermana que contentase a papá, que le distrajera de sus preocupaciones y cuidados... A él mismo se lo he dicho; y él dice que está contento conmigo sola, no quisiera dividir el cariño que me tiene. No, papacito mío, en tal caso el cariño no se dividiría: se sumaría...»

Pero por más que el cariño hacia su padre la dominara, sentía que en su corazón había un puesto para un afecto distinto. Confesaba este sentimiento por primera vez, al hablar de la vergüenza que le causaba la idea de que su padre pudiese leer aquel diario:

«Papá no sabe que por la noche, antes de acostarme, me pongo de vez en cuando a escribir en este libro. Anoche, a las once, cuando él me creía en la cama, cayó una fuerte lluvia; supo que estaba despierta, y vino a preguntarme si me sentía mal. Fácilmente lo tranquilicé, pero le dije que estaba tan buena; que me había quedado levantada para poder escribir en este libro. Hago mal en ocultárselo. A veces formo el propósito de confiarme a él, de hacerle leer lo que escribo. ¿No es lo mismo que le digo de palabra todos los días? Pero, no sé: tengo vergüenza y miedo. Hay momentos en que hasta me parece que hago mal con escribir estas memorias. Camila Sesgondi me hizo venir la primera vez, en el colegio, esta idea de escribir nuestra vida, pero nunca empezamos. Todas las noches, al dar gracias al Señor por el día que había pasado con felicidad, yo pensaba en las cosas que habían sucedido, en lo que había dicho, en lo que había pensado; pero en cuanto a escribir no sabía por qué parte comenzar; pues todos los días eran iguales. Entonces esperé a hallarme en casa; y por fin comencé. Ahora me arrepiento, porque no me atrevo a confiar esto a papá, y además hay veces, como ahora, en que me parece inútil escribir estas cosas: no siempre las cosas que se piensan necesitan ser escritas; y otras, no sé escribirlas o no lo puedo... ¿Por qué habrá ciertas cosas que no se pueden escribir, ni siquiera decir? ¡Pero si yo tuviera una hermana! ¡A ella se lo diría todo, estoy segura!...»

Un día, por último, no pudiendo guardar por más tiempo ese secreto con su padre, le había revelado que escribía su diario. Para fortificar la memoria solía copiar las poesías que más la agradaban: versos de Patri, de Aleardi, de Manzoni, de Shelley, de Byron, y ese día, recitando el papa una poesía de Víctor Hugo, copiada de un periódico, no la recordó bien y fue a buscar su libro.

«Dije a papá que copio bellas poesías y escribo mis impresiones. Estaba resuelta a decirle todo, pero esperaba que no manifestara deseos de leerlo. Cuando me preguntó: ¿Me dejas ver? le di el libro, pero creo que me ruboricé mucho. Leyó algunas líneas, de dos o tres páginas solamente, luego cerró el libro y me abrazó estrechamente, besándome en la frente, él también con los ojos enrojecidos. Entonces me sentí muy valiente, casi me arrepentí de haber tenido miedo antes, y le rogué que lo leyera todo; pero él no quiso.

»Tuve que leerlo yo, y así la vergüenza se me ha disipado, y ahora me siento como librada de un gran peso, y contenta, contenta.»