»Pues bien, si algunas veces he considerado estúpida mi costumbre de escribir estas notas, y, si en cambio, en otras ocasiones las he aprobado, hoy me parece que ha sido en realidad una fortuna haberlas escrito, porque he podido, mediante ellas, convencer a Luis de lo que pensaba de él en ese tiempo. ¡Y ojalá hubiera escrito bien todas mis precisas impresiones de aquella vez que, desafiando a papá en chanza, tomó del trofeo un florete y se puso en guardia! Estaba tan bien con el arma luciente en la mano y la mirada relampagueando como la espada; era tan fuerte y ágil, que me pareció verdaderamente un ser destacado de una de esas novelas de Walter Scott que tanto me agradan. No se me había ocurrido aún que pudiera casarme con él, pero sí pensaba con gusto en que podía ser la dama por la cual ese caballero descendía a la arena. ¡Y si supiera qué placer de otro género, no experimentado aún, sentí cuando me envió aquella tarjeta en que se titulaba en broma: Proveedor de Su Gracia la Marquesita Florencia. En esa tarjeta se hallaban juntos nuestros nombres, como en un parte nupcial; ¡estaba escrito! Tampoco entonces pensó con precisión que un día hubiéramos podido unirnos como estamos ahora; pero noté, sí, que nuestros nombres estaban en el mismo trozo de cartulina, que él era quien los había juntado, que me había llamado Su Gracia, y sentí que el corazón me latía con fuerza, con mucha fuerza...

»¡Ah! Si hubiera escrito todo esto, Luis no dudaría ahora. Poco me ha faltado para contárselo, pero me he callado, en parte porque él se encontraba en una de esas horas de duda, en parte porque he creído que mejor sería escribirlo en este libro, donde él lo leerá algún día. Puesto que no me cree, no merece que le diga nada: mejor lo confío a estas páginas, que están destinadas a desengañarlo. El hecho de que lo escriba más tarde de lo que he pensado no quiere decir que no sea verdad...»

Y debajo de aquellas palabras, en caracteres más gruesos, más irregulares, trazados con mano temblorosa, estaba escrito esto:

«¡Ha leído! ¡Ha creído!...»

Así continuaban aquellas memorias, llenas de expresiones de una alegría íntima, reveladoras de una alma amante, cándida y sincera, de lo que el juez Ferpierre estaba casi enamorado.

Casada la jovencita en aquellas condiciones, con un hombre que podía ser su padre, ¿no era de prever que al renunciar a la felicidad ardiente, y obtener, en la mejor de las hipótesis, una dicha tranquila, se sintiera tarde o temprano inquieta por la idea de un bien mayor?...

Las confesiones de la muerta destruían esa sospecha. Ferpierre opinaba que si la narradora no hubiera sido feliz, si hubiera visto que se había engañado al casarse con el Conde d'Arda, lo habría confesado sincera, completamente; pero ya una vez había reconocido que sentía algo que no podía escribir, y sin duda no habría declarado redondamente su engaño, pudiendo creerse también que, en vez de velarlo habría preferido no escribir nada: el silencio habría sido entonces más elocuente. Mas, lejos de callarse, lejos de aludir a su desengaño, insistía tanto en las manifestaciones de un afecto a la par ingenuo y ardiente, que el juez no podía dudar de su sinceridad.

Por otra parte, ¿era en realidad increíble aquel amor de una joven de veinte años por un hombre de más de cuarenta? Ferpierre, para explicárselo no tenía tanto en cuenta las cualidades morales del esposo, como las físicas: entre los papeles encontrados en la casa de la difunta había visto algunas fotografías de parientes y amigos, dos de las cuales, según declaración de Julia Pico, eran del Conde: la figura de aquel hombre era hermosa, fuerte y noble, y tenía tanta expresión, que el amor de la joven esposa estaba justificado. Y en páginas y más páginas no hablaba más que de él: refería, orgullosa, todas las pruebas de amor que le daba su marido, transcribía sus palabras enamoradas, se alegraba al ver que ya creía en su amor, al saber que su padre estaba seguro de su felicidad.

Otra página blanca interrumpía de nuevo el diario bruscamente; y en la que seguía no había más que este escrito:

«¡Padre, padre mío, vive! ¡Vive para mí!...»