Ferpierre veía confirmadas sus deducciones en las páginas posteriores. Aunque éstas tampoco tenían fecha, debían haber sido escritas después del viaje de novios:
»Nada ha cambiado, pues, estamos juntos como antes. Entonces, Luis iba a nuestra casa: ahora papá viene a vernos. No ha querido que viviéramos todos en una casa: ¡a mí me habría gustado tanto! Y a Luis también. Todo lo que me gusta a mí le gusta a Luis: nuestro acuerdo respecto a las cosas del arte y del pensamiento continua en lo relativo a la vida.
»Papá me pregunta si estoy contenta: yo doy gracias al Señor, de la felicidad que me acuerda. Que nos acuerda: él no quiere creer en lo que ha sucedido. La idea de que casándome pudiera sentirme desgraciada, era su tormento.
»Luis me pregunta si lo amo: yo no sé cómo probárselo.
»Me parece que ambos dudan, el uno de mi felicidad, el otro de mi amor. Ellos no insisten en pedirme seguridades, pero en sus miradas, leo una secreta ansiedad, como si creyeran que les oculto algo. ¡Todo eso porque mi marido tiene cuarenta y cuatro años! ¡Si tuviera treinta y cuatro, no dudarían!...
»¡Qué placer! ¡qué placer! Por fin he podido persuadir de la verdad a Luis. Le había dicho, en el viaje, que en este libro tenía escritos mis recuerdos del día en que salí del colegio, y le había prometido dárselo para que los leyera. Su deseo era saber sí hablaba de él, qué decía de su persona, qué opinión me había inspirado. Cuando regresamos del viaje, no volvió a pedirme el libro, y el otro día, que le habló yo misma de éste, me contestó que no quería leer mi diario. La razón que me dio no me pareció buena: decía que lo que yo había confiado al papel no debía estar muy claro. La verdad es que seguía teniendo miedo de descubrir que no me había parecido bastante joven, que me había agradado poco. Entonces le rogué que se sentara a escucharme, y comencé la lectura. Cuando llegué a las últimas líneas me rogó, con los ojos humedecidos, que se las explicara. Las últimas líneas, anteriores a nuestro matrimonio, dicen así:
»El Conde es más joven que papá: tiene cuarenta y cuatro años. Yo no sé si esto me agrada o me desagrada.
»Yo se las he explicado como mejor he podido. Al saber que era más joven que papá, sentí pena por mi papacito, pues veía que su vejez se aproximaba; pero después, pensando en que papá me tenía a mí, mientras que su amigo era solo, me consolé y hasta me pareció justo que éste fuese más joven, para que pudiera casarse también y formar familia.
»¡Cómo me ha abrazado Luis! ¡Qué ojos tan risueños! ¡Qué palabras de amor! ¡Nunca lo he visto tan feliz, ni el día que le di el sí! Ahora no puede creer que sus cuarenta y cuatro años me parezcan demasiado: ya está hasta persuadido de que la idea de casarme con él no debió parecerme tan extravagante como él y papá temían. Lo cierto es que me pareció bastante natural, y aunque hubo un momento en que me fijé en que Luis tenía doble edad que yo, después reflexioné que la edad de los hombres no se cuenta como la de las mujeres. Y además ¿quién calcularía cuarenta y cuatro años a mi marido? Lo que importa no es la edad, son las cualidades del alma, y de la bondad de Luis yo tenía esta prueba: que es amigo de papá. Todo lo que le había oído decir en dos años de intimidad me demostraba que su manera de asentir era delicada, fina, exquisita, que su inteligencia era elevada y selecta, que su cultura era variada y profunda.
»Y ahora comprendo que la cuestión es otra. Luis no temía tanto no parecerme suficientemente joven, como desagradarme como persona, como cara.