»Papá, que se ocupa siempre de mis vestidos con tanta escrupulosidad, no hace lo mismo respecto a los suyos, y yo he tenido que rogar a su amigo que le persuada de que debe ocuparse algo de sí mismo.

»Conversando entre ellos de las cosas de la moda, papá ha observado, y yo también, porque es verdad, que su amigo se viste, desde hace algún tiempo, con una elegancia exquisita. Siempre me dice, ya haciéndome ver el corte de su «jaquette», ya los pliegues de su corbata: «Esta es la última palabra de Gironi. Esta es la última palabra de Vassier...» Gironi es el sastre. Vassier el fabricante de corbatas.

»Hoy tenemos más libros; pero esta vez vienen acompañados de una tarjeta como las que reparten los negociantes para difundir su dirección. Arriba está nuestro escudo, dibujado con perfección, y luego estas palabras: «Librería internacional de Luis d'Arda; proveedor de Su Gracia la Marquesita Florencia Albizzoni Vivaldi...» ¡Cómo se ha reído papá! «¡Esperamos la factura!» le ha dicho, siguiendo la broma, y el Conde, muy serio, ha contestado: «Nuestra casa cobra a fin de año.»

»Ahora, hasta papá me llama «Vuestra Gracia», y cuando hablan de mí entre ellos dicen siempre: «Su Gracia la Marquesita.» ¡Mi Gracia está muy agradecida a tanta gracia!...

»El Conde—lo he sabido hoy,—es más joven que papá: tiene cuarenta y cuatro años. No sé si esto me agrada o me desagrada...»

Una página blanca interrumpía el diario en este punto. El manuscrito volvía a comenzar después, con otra tinta y hasta con letra algo modificada:

»Hoy partimos. Hace seis meses que no escribo. ¡Cuántas cosas en este tiempo! No importa que nada haya escrito en estas páginas: todo está aquí, en la memoria, en el corazón. Luis ha llorado, papá trataba de mostrarse fuerte, pero no lograba contener su emoción. Y cuando los he visto abrazarse, con ojos risueños, y llorosos, entonces he llorado yo también. Su Gracia la Marquesita Florencia Albizzoni Vivaldi no existe ya...»

Y el juez Ferpierre, deteniéndose, pues el manuscrito se interrumpía de nuevo, reconstruía con la imaginación lo que la narradora había callado.

El Conde d'Arda, que había visto nacer a la hija de su amigo y de niña la había querido como un segundo padre, en presencia de la jovencita debía haberse sentido dominar por un sentimiento distinto, más dulce y atormentador. Había tratado primero de resistir, pensando en la gran desproporción de la edad, sufriendo en secreto y casi avergonzándose cada vez que su amigo, todavía ignorante de lo que le pasaba, aludía a la juventud de ambos como cosa lejana; pero el amor había sido el más fuerte y había impuesto sus persuasivos razonamientos. ¿Podía llamarse viejo, cuando sólo tenía cuarenta y cuatro años? Si su persona y su carácter no desagradaban a la jovencita, ¿qué importaba la diferencia de edad? ¿La experiencia que había adquirido con los años, no hacía de él un partido más conveniente que tantos otros?... Pero sobre todo, la amistad que lo unía al padre, ¿no era una garantía de que consagraría toda su vida a hacer feliz a la hija? Con su asidua e íntima frecuentación de aquella familia ¿no era ya como si hubiera entrado a formar parte de ella?...

Y este argumento debía haber persuadido a la niña. Sin duda el Marqués, asombrado al darse cuenta de lo que su amigo deseaba, había vacilado antes de apoyar su pretensión, y en todo caso había dejado a su hija libre de acogerla o refutarla; pero con igual certidumbre se podía pensar que la idea de confiar la joven a un corazón probado ya como el de aquel amigo, debía haberle sido grata. La jovencita, leyendo en el alma de su padre como en la suya propia, comprendiendo su secreta inclinación, segura del afecto del Conde, debía haber sufrido, por esas dos personas queridas, y también algo por sí misma, ante la idea de que su intimidad de tantos años, pudiera concluir un día, y por lo tanto había aceptado el partido que iba a hacer imperecedera esa relación: no conocía a otros hombres, todavía no sabía establecer las diferencias entre un amor y otro amor, y había consentido.