»Yo me daba cuenta de lo que pasaba, pero no hablé. Tenía miedo, tenía miedo hasta de pensar.

»No soy sincera, no lo digo todo...»

Y Ferpierre, viendo que ya en las páginas siguientes no hablaba del drama, se detuvo una vez más, para meditar lo que había leído.

Entre aquellas dos almas se había insinuado la tentación; pero quien la había acogido ¡era el hombre, no la mujer! Las últimas palabras: «No soy sincera, no lo digo todo...» ¿significaban acaso que no acusaba a su marido, porque tampoco ella, por su parte, se sentía limpia de pecado? Por más que el juez con su experiencia creyera pocas cosas imposibles, por más que hubiera previsto ya el día en que el tranquilo afecto de un marido demasiado viejo no bastaría a la esposa demasiado joven, la idea de que la Condesa hubiera podido caer le repugnaba. Había cobrado Ferpierre tal afecto a la persona de la difunta al leer su historia, la veía tan noble y pura, sentía en todas las páginas de aquella confesión una sinceridad tan ingenua, que el sentido de la reticencia aparecía naturalmente justificado. «Tenía miedo de pensar. No soy sincera, no lo digo todo...» ¿No pensaría, en el momento de escribir esas palabras, que la traición del marido a quien ella había dedicado todo su amor, la traición de quien había dudado de su amor creyéndole indigno de poseerlo, de quien había prometido dedicar toda su vida a merecerlo, a conservarlo, era en él una grave culpa, y para ella un castigo inmerecido? ¿No pensaba que aquel hombre había mentido o se había vanagloriado de una fuerza que le faltaba? Si también sobre ella habían obrado turbadoras seducciones, y había sabido domarlas y alejarlas, ella, que a juicio del mundo habría sido más excusable al acogerlas, ¿no era natural que juzgara severamente la debilidad de ese hombre? Todo el dolor que el desengaño, que la ciencia del mal hasta aquel día inesperado iban despertando en el alma de la esposa, se expresaba en aquella frase: «Tenía miedo de pensar...» y Ferpierre, leyéndola otra vez, se afirmaba en su explicación, reconocía que la imprevista solución era lógica: ilógico, o por lo menos poco atento a los antecedentes, había estado él mismo al prever un desenlace contrario.

¿Era acaso muy natural que el Conde d'Arda, después de haber llevado hasta los cuarenta y cuatro años la vida necesariamente disipada del soltero rico, sin sentir más temprano la necesidad de un afecto legítimo, se redujera permanentemente a la existencia del marido ejemplar y se contentara con el ingenuo amor de aquella jovencita? ¿Y era inadmisible, inverosímil, que la esposa enamorada, ignorante del mundo, circunscribiera todo el gozo de la vida a su nuevo estado?

Los pormenores del drama escapaban a Ferpierre, pero éste los reconstruía con la imaginación. Otra mujer, una mujer en todo distinta de la Condesa, había seducido a Luis d'Arda: éste había tratado de resistir, persuadido de que cometería una infamia traicionando a la jovencita, dándole el ejemplo del mal, él, a quien no sólo el deber sino también el interés, aconsejaban seguir por el recto camino que al principio se había trazado; pero la tentación lo había vencido. ¿Qué se debía pensar de la sospecha de la Condesa, de que él mismo se había dado la muerte? ¿Que su alma elevada atribuía al esposo la decisión de castigarse, ya que había sido incapaz de evitar el error? ¿O más bien la imaginación romántica de la joven veía un suicidio donde no había más que un desgraciado accidente? Misterio en el misterio; pero éste debía permanecer impenetrable, puesto que el sello de la muerte había cerrado ya los labios de los dos autores del drama. La tentadora, si vivía aún, era la única que hubiera podido aclararlo; pero en verdad poco importaba ya, que el Conde, sucumbiendo a la culpa mal de su grado, hubiese querido castigarse con la muerte, y evitarse un peor castigo, como habría sido el de ver en vida la caída de la esposa a quien había enseñado el camino del mal, o que aun pensando en todo esto, su muerte hubiera sido obra de la casualidad. Ferpierre continuaba con redoblada curiosidad la lectura de las memorias, en busca de lo que más urgía.

Después de las rápidas alusiones a la catástrofe, el magistrado no encontró más que descripciones de países. La joven viuda llevaba su luto de lugar en lugar, por el Rhin, en Holanda, en Escocia, y sólo en este último país tenían fecha las memorias. Parecía que, así como la experiencia la había dado una madurez prematura, su pensamiento y su estilo se hubieran fortalecido en igual proporción: algunos paisajes estaban pintados con toques sobrios, pero vigorosos, las imágenes eran nítidas y evidentes. Aquí y allá, entre las descripciones, había esbozos a pluma y a lápiz, vistas de parajes, reproducciones de tipos; la mano de la dibujante era al mismo tiempo agraciada y firme. De trecho en trecho aparecían algunas sentencias morales sin relación aparente con las notas vecinas, y demostraban que detrás de la tranquilidad exterior una inquietud secreta atormentaba a la autora. Así, por ejemplo, decía:

«No basta saber regular nuestras acciones externas: sería necesario poder guiar el pensamiento íntimo.»

¿Quería decir con estas palabras que, libre y sola, se sentía, a su pesar, asediada por persuasiones tentadoras a las cuales sin embargo sabía resistir? ¿Y no era harto natural que así fuera?

«La ley del perdón es necesaria, porque el mal es universal, y sin ella nadie podría tener esperanzas de salvación.»