¿Se derivaba esta idea de una persuasión abstracta, o más bien de la conciencia de alguna culpa personal suya?

Poco a poco iban entrando en juego otros temas: en algunas páginas no se leían más que disquisiciones acerca de los problemas de la vida.

«La injusticia es grande en el mundo: nadie es más digno de encomio que el que se propone repararla.

»Hay dos especies de leyes, las de la Naturaleza y las del alma, y muchas veces la ley ideal consiste en operar contra las impresiones materiales. Hubo un tiempo en que esto me asombraba; ahora no. Librarse de las leyes naturales es la más elevada de las necesidades y el más noble de los esfuerzos: el mérito consiste en superar las dificultades.

»No muchas veces, sino siempre, hay oposición entre las dos especies de leyes, y en esta vida no es posible suprimirla, porque sin el esfuerzo nada existiría. Esta es la mayor de las pruebas.

»Los que dicen que es una tontería predicar la igualdad de los hombres porque éstos son naturalmente desiguales, no saben que dicen una heregía moral. Tanto valdría decir que es tonto predicar el sacrificio porque el egoísmo es ley de la Naturaleza. Si el amor hacia nosotros mismos es nuestra primer necesidad real, reprimirlo y posponerlo al amor por los otros debe ser la primera necesidad ideal. Los hombres son diversos desde su nacimiento, y esta verdad ingrata sugiere la idea de la igualización. Ideas son éstas que me parecen sencillas: pero él las califica de raras.»

La atención del juez aumentó en ese punto. Ese «él» ¿no sería el Príncipe Alejo Petrow? ¿No databan esos razonamientos respecto al problema social, del tiempo en que los dos amantes se habían conocido? La narradora parecía contestar a la pregunta que Ferpierre se hacía mentalmente, pues el tema de las memorias variaba de una página a otra y de las especulaciones abstractas pasaba a confesiones más íntimas.

«No; yo no había experimentado todavía una turbación semejante. Quisiera negarlo, pero no puedo. Esta ansiedad, esta fiebre, me eran desconocidas.

»Una vez leí que el amor no es uno solo, y me pareció que el escritor mentía o se equivocaba, pues yo creía que no hubiese más que un modo de amar. No: el escritor tenía razón. El efecto de entonces no se parece al tumulto de hoy: Luis, que tenía más experiencia que yo, lo sabía y no se contentaba con lo que yo le daba. Dudaba de mi amor porque no lo veía impetuoso y vehemente. Por eso, también, mi padre dudaba de mi felicidad. ¿Dudo yo también ahora?

»Las nubes avanzan sobre las cimas de los montes, toman formas caprichosas, se entrelazan como cintas, se extienden como velos: un lado del lago ha desaparecido detrás de ellas, las aguas no tienen ya límite, forman como un golfo abierto en un océano misterioso. Todavía oigo su voz. Soy feliz...