»Soy feliz. La llama se propaga de un alma a otra, como de un rostro a otro. Sus palabras son como el hálito de un fuego interno. ¿Podría ocultarle mi pensamiento? ¿Y si hubiese querido callarlo, no lo habría leído él en mis ojos?

»Cuando creemos en una cosa negamos todas las otras: cuando experimentamos un sentimiento, desconocemos los sentimientos opuestos o simplemente diversos. Tal es el primer instinto. Me parece que no hace más de un mes que comencé a vivir. La razón amonesta, el corazón recuerda. Eso es otra cosa...

»Sí hay varios modos de amar, ¿existe uno mejor, más deseable, más verdadero? ¿Es preciso que la voz de la razón no sea ya oída, que todos los recuerdos sean olvidados, que una sola idea venza a todas las otras y una sola necesidad rompa todos los obstáculos?...

»Su risa de hoy me ha hecho daño. No habría querido que se riera al oír el relato de un acto heroico. Tan grande como es su confianza, es profundo y amargo su escepticismo... ¿Quién lo ha hecho así? La vida, dice él.

»Mayor es la pena que he tenido al oírle reírse de sí mismo. Cuando se ríe con esa risa falsa, me parece que hubiera algo de desgarrado en su voz, en su pecho...

»Si es cierto que nuestros sentimientos viven uno por uno y si nosotros mismos negamos los que ya han muerto, el sentimiento que está vivo tiene necesidad de creerse eterno. Aquí está el error. La felicidad que yo sentía hace días me parecía indestructible. Hoy no está destruida, pero sí turbada...

»¡Qué dolor! ¡Qué dolor! ¡Jamás habría sospechado tantas miserias, tantos dolores! ¡Esta es la primera vez que los confío a alguien! ¡Y todavía se ríe! No quiero...

»Su carta de hoy me ha hecho palpitar de contento inefable. ¡Si fuera cierto! ¡Si yo tuviera ese poder!...»

Con aquella expresión de duda volvía a quedar interrumpido el diario, como si la narradora hubiese querido, antes de continuarlo, hacer algún experimento. Pero en las páginas posteriores no había más orden en las confesiones.

«La vida es más difícil de lo que yo creía.»