Esta reflexión era lo único que se leía en una página, y más lejos, todavía otra duda:

«¿Será entonces presunción creer que se tiene razón?»

Después algunas frases de sentido obscuro.

«De ningún modo, pero agrada esperar...

»No es debilidad, no es sorpresa: he pensado detenidamente, la confianza me sonríe, veo la meta...

»Ahora me faltan las palabras...»

Debajo de una fecha: «18 de junio, 1890» estaba escrito esto:

«Ante Dios, para siempre.»

Y Ferpierre trataba de desentrañar el sentido de aquellas palabras, relacionándolas de modo de reconstruir la historia íntima.

Lo que Vérod había dicho se confirmaba: la idea de hacer bien al alma enferma de Zakunine aparecía dominante en el pensamiento de la Condesa: con su suavidad y dulzura, por ley de atracción entre contrarios, debía sujetar la fuerza impetuosa, la fogosidad indomable del rebelde, como se recogen las riquezas brutas de las cuales se puede extraer un valor puro. Cierto era que algo más simple, el amor solamente, bastaba a explicar la relación estrecha que se había formado entre los dos, y ella daba una prueba elocuente de su amor cuando confesaba que comprendía las dudas de su marido y de su padre acerca de su felicidad en otros tiempos. El afecto del marido la había bastado: no había hecho un sacrificio al aceptarlo como marido, no obstante la gran diferencia de edades, y por más que la posibilidad del matrimonio se le hubiese aparecido tarde, era positivo que había sido verdaderamente feliz: la duda era póstuma, pero demostraba con gran evidencia, cuánto más fuerte y excitante era el nuevo sentimiento. Y también la emoción por los males que trabajaban al Príncipe, la esperanza y casi el deber de auxiliarle, habían debido determinarla y secundar su afecto.