«No he tenido valor, pero es preciso que lo tenga. Ya otra vez tuve miedo de descender a mi interior para realizar un examen de conciencia, este deber que siempre me ha sido fácil, y agradable. Pero el miedo de entonces nada tenía que pudiera parangonarse con el de hoy.

»¿Me engaño a mí misma? ¿Y cómo pretender que los demás sean sinceros? ¿Me impide la soberbia confesarme que he podido engañarme? Pero Dios, que lee en mi corazón, sabe que yo he creído en el bien. Y todavía lo creo.

»Él no se conoce. Obedece a tantas y tan variadas impulsaciones. Su pensamiento es tan complejo, su experiencia ha sido tan vasta, que él mismo no sabe cuál es su verdadera naturaleza y por eso no la libra de pasajeros impulsos, no se hace distinto de sí mismo. Yo esperaba conseguir ponerlo otra vez en el camino de la verdad, pero la obra es más difícil y requiere más tiempo del que me había figurado. Sin embargo, todavía me mantienen la esperanza, la confianza que me animaban antes.

»Hay momentos en que dudo. Dudo, más que de él, de mi misma. Pienso que esta esperanza es falaz, que esta confianza no es sincera, que yo me sirvo de ambos para ocultar algo menos digno, para secundar un deseo menos puro.

»¿No es este el juicio que todos pronunciarían? ¿Se sirve acaso de medios ambiguos quien quiere alcanzar un fin recto? ¿Debía yo seguir vías tortuosas para ponerlo a él en el camino real? Yo, que debo darle el ejemplo de la virtud en que él no cree, le he dado más bien otra prueba de aquella debilidad acomodaticia que antes condenaba...

»No puedo siquiera decir que he sido sorprendida, que no he previsto lo que iba a suceder. ¡Cuántos sofismas! ¡Previendo la caída, me decía a mí misma que él no podía querer ni envilecimiento, pensaba confiarme a él para no practicar un acto de soberbia atribuyéndome exclusivamente la capacidad de regular nuestro amor!

»Y no habría habido tal soberbia. Esta capacidad es nuestra, nosotras, mujeres somos responsables del bien y del mal. Nuestra resistencia debe dictar la ley a la energía exuberante y prepotente de los hombres. Pero otra idea me doblegó: la de que para las almas fuertes no hay ley escrita en un libro; basta comprenderla. El que las desconoce todas, me dice que por mí ha comprendido la ley del amor: la fidelidad. Ahora yo no puedo, no debo, no quiero sospechar que se haya burlado hasta de esa ley. Y sin embargo, ¿de qué me sirve pensar estas cosas, decirlas en alta voz, escribirlas, si la duda me embarga y me atormenta?

»Poco a poco, pero con claridad perfecta, la he visto surgir, crecer, agigantarse. La duda angustiosa se convierte en ciertos momentos en desesperada certidumbre. Entonces pienso que todavía me quedará una fuerza para ejercer, la fuerza extrema: el perdón. Presiento que no me costará hacerlo, y eso es malo, pues si me costara, habría en ello mayor mérito. Pero él puede hacer de mí lo que quiera, con tal de que no niegue todo y siempre...

»¡Ah, esa risa...!»

¿Era de esperar que Zakunine hubiera cumplido la única condición impuesta por la desventurada?... Al reconstruir con la ayuda de esas confesiones el carácter del acusado, veía Ferpierre que el juicio adverso a ese hombre, formulado por Roberto Vérod, no era fruto de la pasión. Detrás de su profesión de fe humanitaria, de su predicación de la justicia, de la igualdad, del amor, debía ocultar un egoísmo escéptico, bajos apetitos, intenciones malsanas, puesto que había sido capaz de reducir a semejante tormento a un ser que se le había rendido a discreción. Si la ilusión de inducirlo a una persecución más tranquila de la reforma social había fracasado ¿había respondido él por lo menos con actos de bondad, a esas demostraciones de amor?