Ferpierre volvió con mayor interés a la lectura del diario:

«Hoy me ha dicho estas mismas palabras que copio, sin cambiar nada en ellas:

«¿De modo que tú crees que el amor es inmortal? ¿No comprendes que un día cesarás de amarme, que ya no me amas como antes? Tú me juzgas indigno del amor: piensas que te has sacrificado; el sacrificio te duele, y quieres obtener su compensación: en otro amor lo buscarás, no lo dudes: alguno te lo ofrecerá... Al principio dirás que la culpa ha sido mía; más tarde reconocerás que yo no soy el culpable. Dentro de ti, dentro de mí, en los nervios, en la carne, en la sangre de nosotros todos, hay un fermento que nada ni nadie podrá calmar: cuando tengas hambre, te cebarás; una vez que hayas comido, te sentirás saciada. Fuera de esta verdad no hay otra. Es preciso decirla, repetirla, honrarla, y reconocer que tus leyes, tus mandamientos, tus escrúpulos, son mentira e hipocresía que debemos desenmascarar y confundir. Tus grandes nombres, el Amor, el Deber, el Derecho, tienen un sentido, pero no el mismo que tú crees. Nuestro deber y nuestro derecho se reducen a obtener y mantener el placer, que es la razón, el origen, el fin de la vida; mientras tu placer está en el mío, nos amamos; cuando ya no bastamos el uno para el otro, el amor termina. Tú pronuncias otra sonora palabra: el Honor. ¿ Dónde lo sitúas? Mi honor consiste en decir lo que pienso, en poner de acuerdo mis acciones con mis ideas. Todo el mundo está lleno de preocupaciones inicuas; pero más estúpidas que inicuas. La ciencia, que no miente, se ha apoderado de la verdadera, la única ley que hay en el cúmulo de las mentiras seculares: la ley de la lucha por la existencia.

»Ocultadla, echad al fuego los libros que la enseñan, si queréis que todavía se crea en vuestras mentiras. Pero una vez que la reconocéis ¿cómo podéis permanecer serios, oyendo repetir esas mentidas cantinelas? Hay que escoger entre la muerte y la vida: renunciar a la vida es preferible, pero vosotros no lo queréis, y ya que tengo que vivir, extermino a todo el género humano para procurarme aquello que a ti te parece la más fútil de las satisfacciones! Tú querías que formáramos una familia indisoluble. Pero ¿no estás contenta ahora de ser libre, no te parece bien estar en aptitudes de poder abandonarme si, habiéndome visto tal como soy, sientes que te inspiro horror? ¡Deja que los hijos ignoren lo que son sus padres, si no quieres que maldigan a los que les han dado vida! ¿Por qué deseabas que nos ligáramos indisolublemente, cuando cada uno de nosotros es autónomo, cuando nada impide—antes por el contrario todo concurre a ello,—que cada uno de los dos pueda amar a otro ser y un día llegue a hacerlo? Si tú me abandonas cuando yo no te ame ya, te lo agradeceré; si me traicionas cuando todavía te ame, te mataré. Tú haz otro tanto. Mi derecho es igual al tuyo. Así proceden todos los hombres, a despecho de los códigos imbéciles y de las hipócritas predicaciones. La anarquía que nosotros queremos establecer existe ya en las costumbres, pero todavía no es más que una anarquía en el sentido que vosotros la dais, es decir, el desconocimiento y la lesión de las leyes. Lo que se necesita en vez de aquello, es una anarquía que se conforme a las leyes naturales, la uniformación consciente del instinto vital: fuera de eso no hay nada.»

«No he omitido la menor cosa: estas fueron sus propias palabras. Tiene razón. Fuera de eso, no hay nada...»

Y Ferpierre, a pesar de estar acostumbrado desde hacía largo tiempo al espectáculo del dolor, se sentía conmovido al pensar cuán amarga debía haber sido la pena de esa creyente. Para que transcribiera semejantes palabras, cada una de las cuales debía ofenderla como un insulto y espantarla como una blasfemia; para que reconociera que Zakunine tenía razón, era preciso que la infeliz se condenara sin ninguna excusa, que se juzgase perdida sin la menor esperanza. Debía haber reconocido, por fin, que la ilusión de redimir una alma y el deseo de hacer el bien habían sido simples pretextos, que en su amor, que en todos los amores, que en toda la vida, no oímos más voz que la de los instintos ínfimos. Y ese era el resultado: ella, que quería hacer que su amante volviera a tener creencias, ella que quería atraerle a su propia fe, se veía empujada a la duda, a la negación. ¡En vez de curar al enfermo, éste la había contagiado su mal; en vez de purificar al réprobo, se encontraba contaminada por su contacto!

Pero ¿podría, en realidad, renegar por largo tiempo las creencias de toda su vida? En esa frase en que daba la razón al negador ¿hasta qué punto intervenía la ironía? Mientras ella le hablaba de su amor, él aducía argumentos escépticos, cínicos y casi preveía que iba a ser traicionado; esto era suficiente para que la desgraciada se escarneciera a sí misma; pero ¿qué pensaba de la posibilidad de la traición? ¿Reconocía que, por una lógica fatal, a su primer error debía seguir un segundo y un tercero, o por el contrario, se rebelaba contra esta lógica? Allí estaba el problema moral, cuya solución habría aclarado el misterio judicial.

Y la curiosidad de Ferpierre crecía, la atención que prestaba a las confesiones de la muerta se redoblaba.

«¡Qué desastre para una madre, tener que despreciar a su propio hijo, al vivo fruto de sus entrañas, a la mejor parte de su ser!

»La desgracia de la vida consiste en la idea de la felicidad.