«El gozo no tiene tanta virtud para hacer olvidar el dolor, como un nuevo dolor.—La noche del 12 de Agosto

Entre las dos hojas había algunas flores secas, rígidas y descoloridas, a guisa de señal.

Esas flores y la fecha puesta debajo de aquellas palabras, hicieron pensar a Ferpierre que se trataba de algún suceso más digno de atención, al cual la Condesa atribuía especial importancia. Continuó leyendo y encontró otro párrafo en el que se detuvo mayor tiempo. La difunta no expresaba su propio pensamiento: copiaba otra vez algo de un libro:

«Nada contribuye tanto a hacer desagradable la vida, como un segundo amor. El carácter de eternidad, de la infinidad que lleva consigo el amor y lo levanta sobre todas las cosas, se ha desvanecido ya: el amor parece efímero como todo lo que comienza de nuevo.» (Goethe.)

Ferpierre recordaba muy bien este juicio del poeta alemán: ¿podía la difunta haberlo citado sin aplicárselo a sí misma? Y la duda que había expresado a Vérod comenzaba a tomar consistencia. ¡Sí la Condesa había copiado esa desconsolada sentencia después de haber conocido a Vérod cuando se encontraba turbada por una simpatía aun inconsciente, era necesario creer que no esperara hallar en el segundo amor una compensación sino un motivo de pena! Después de haber esperado, después de haber querido esperar en la vida ¿qué obtenía de esto? ¡No una ayuda, sino el último desastre!

La sentencia del poeta significaba que el segundo amor está condenado irremisiblemente, porque alucinarse con la profundidad del nuevo afecto no es posible para el corazón que ya ha visto la muerte del primero. Los salvajes de América creían inmortales a los primeros europeos que llegaron a conquistar el nuevo mundo, y por eso los juzgaban omnipotentes, hasta que al ver sucumbir el primer español reconocieron el engaño y cesaron de venerarlos...

Pero la certidumbre expresada por Goethe y afirmada después por la Condesa d'Arda ¿qué podía valer contra las persuasiones del instinto vital? ¿A cuántos impide amar nuevamente el saber que el nuevo amor terminará como el primero? La certidumbre de morir que se tiene ¿es acaso una razón para suicidarse? Aquel que concibe la triste verdad vive mal, pero sin embargo vive, porque los instintos son más persuasivos que las concesiones abstractas... la capacidad de refrenarlos consiste solamente en la sanción moral.

La condición en que se hallaba la Condesa, la falta de alguna obligación escrita que la vinculara indisolublemente al Príncipe, el ejemplo que le daba su indigno amante, tenía natural, humanamente, que impulsarla a buscar en el nuevo amor un consuelo y un goce cuya caducidad, común a todas las cosas humanas, no podía ni debía detenerla. Lo que ocurría consistía en que mientras era libre ante los hombres, se había vinculado ante su propia conciencia, sin el auxilio del rito, pero con sinceridad completa. Cierto que se había puesto fuera de las leyes, pero con el fin de hacer que volviera a ellas quien las había abandonado y desconocido, y si había recibido de éste el ejemplo del mal, había sido por darle el del bien. Alimentar ese nuevo amor no era, por lo tanto, posible, sin renunciar a las atenuaciones que, en la ambigüedad de su estado, la substraían a la condena o la permitían por lo menos, abrigar la esperanza de que podría evitar su rigor. «Esta idea me convenció: que para las almas, fuertes no se necesita que la ley esté escrita en un libro: basta comprenderla.» ¿Era posible que hubiera olvidado sus propias palabras, el sentimiento que se las había dictado? Si aquel sentimiento era sincero y sano; si el alma de aquella mujer fuera tan elevada y fuerte como aparecía en las declaraciones de los testigos y en las páginas del libro, no sólo era posible que se hubiese dado la muerte, sino que el suceso debía haber sido casi previsto.

Antes de haber encontrado a Vérod, su corazón estaba oprimido, su vida llena de amargura, todos sus esfuerzos habían fracasado; pero, sin embargo, aun podía respetarse. En la amargara del desengaño había podido, sí, censurarse y declararse vil, afirmando que se había unido con el Príncipe Alejo, no por cumplir un noble propósito, animada de un sentimiento purísimo, sino sencillamente por satisfacer su propia concupiscencia, y hasta debía decirse que ese su propio fallo era atenuado. Una segunda caída no solamente no tenía excusa alguna, sino que además habría confirmado ni escéptico juicio que se había formado de ella su primer amante:

«Tu sacrificio te duele; quieres obtener una compensación y la buscarás en otro amor: no lo dudes, alguien te lo ofrecerá...» Estas palabras de Zakunine que la habían humillado y ofendido cuando no eran más que una escéptica previsión, habrían sido confirmadas por el hecho, expresado la realidad, si ella hubiera cedido al amor de Vérod: entonces el escéptico, el negador, el blasfemador hubiera tenido razón; la fe en que la creyente se sostenía contra él se había reducido como él quería reducirla, a una mentira, a una hipocresía.