Ferpierre se repetía a sí mismo que el suicidio, en tales condiciones, no era solamente posible, sino hasta casi necesario. Ya por otras razones había reconocido su verosimilitud en una naturaleza melancólica y contemplativa como aquélla, en una alma habituada a mirar asiduamente dentro de sí misma, a estudiar sin miedo, y más bien con una especie de complacencia los problemas de la vida. Y a la luz de estas deducciones hallaba nuevos indicios en las últimas notas del diario, allí mismo donde por la mañana el juez de paz había buscado, sin encontrar, la confesión de la muerte voluntaria. La desgraciada no confesaba que se mataba; pero el significado de las últimas palabras parecía en ese momento más claro a Ferpierre:
«Es preciso que la fe sea muy robusta y busque y halle un modo de afirmarse contra la duda triunfante...
»La mayor tristeza consiste en tener que renunciar a la esperanza.
»La última esperanza...»
«...Al dilema pavoroso: vivir pecando, o...»
Estas eran las últimas palabras. ¿No debía completarse la frase de esta manera: «o morir para evitar el pecado?»
V
DUELO
La lectura de las memorias había demostrado al juez Ferpierre que la Condesa d'Arda se encontraba en situación de tener que pensar en la muerte como el único término de su desventura. Pero esto no impedía al magistrado comprender que debía considerar el otro aspecto del problema y profundizar los argumentos aducidos por Vérod contra la hipótesis del suicidio. En ese nuevo amor que la Condesa combatía con la previsión de la caducidad y más aún con la conciencia del mal, había grandes perspectivas de gozo, la mayor incitación a vivir; el mismo empeño con que ella se imponía su privación, demostraba su fuerza y además no existía una explícita confesión del intento del suicidio, y, por lo tanto, quedaba siempre la posibilidad de que, no habiéndose matado al principio, en el largo tiempo transcurrido desde que había conocido a Vérod, tampoco se hubiera dado la muerte al último, sino que hubiera sido asesinada por uno de los rusos: el asesino aprovechaba así la verosimilitud del suicidio y escaparía a la acusación.
Para aclarar el misterio, convenía conocer con precisión las relaciones que habían mediado en los últimos tiempos entre la Condesa y el joven, cuáles habían sido las instancias de él, cuáles las promesas de ella. Las cartas escritas por Vérod a la Condesa, dos o tres por todo, nada decían de notable: expresaban solamente la gratitud del joven por la visita al sepulcro de su hermana, y el deseó y la esperanza de verla de nuevo. Ninguno de los otros papeles de la difunta arrojaba la menor luz: los más importantes eran un legajo de cartas de aquella sor Ana a quien la Condesa había escrito la mañana misma de la catástrofe.