Sor Ana la trataba verdaderamente como a hija, y en sus palabras de consuelo, en sus llamamientos a la fe cristiana, se comprendía que contestaba a algunas cartas en que la muerta le hablaba de sus dolores y de su desesperación.
Ferpierre había dispuesto ya, por intermedio de la legación inglesa en Berna, que se buscara a la hermana Brighton en Nueva Orleans, donde estaban fechadas sus cartas, para saber por ella lo que su antigua discípula la había escrito el día de su muerte. También había ordenado que el domicilio de la difunta en Niza y el del nihilista en Zurich fuesen registrados, y había pedido informaciones sobre Zakunine a la legación de Rusia.
Mientras tanto, hizo el magistrado llamar a Vérod, para que le explicara con precisión cuál había sido su situación tocante a la Condesa. El acusador había dicho, en el primer interrogatorio, que la víspera de la tragedia se había encontrado con ella y que nada le había hecho sospechar lo que iba a suceder al día siguiente: el juez consideraba urgente saber lo que se habían dicho en este último coloquio.
Cuando Vérod se le presentó, Ferpierre se sintió impresionado por su palidez cadavérica, por el abatimiento que toda su persona revelaba. Aquella noche de angustia había pasado por sobre el joven como una década entera: se había envejecido diez años.
—¿Sigue usted todavía—comenzó a preguntarle el juez—en la misma opinión de ayer? ¿Cree usted todavía que su amiga ha sido asesinada?
—¡Lo creo!—contestó Vérod con energía, estremeciéndose como el herido que siente el hierro revolverse en la llaga.
—¿Y ha encontrado usted otras pruebas o argumentos que confirmen su acusación?
—Todavía no.
—Pues bien: conversemos un momento. Sí no encontramos alguna demostración material de la verdad, lo que parece demasiado probable, resulta que estamos empeñados en un proceso indicador, cuya solución depende de un problema psicológico. Lo que importa ante todo, es conocer el estado de espíritu de la Condesa en los últimos días. Pero dígame usted primero: ¿se acuerda usted bien de todo lo que aconteció entre usted y ella desde que la conoció?
—De todo. Cada una de sus palabras está impresa en mi memoria de una manera indeleble, y nada podrá hacerme olvidar jamás una sola de ellas.