—¿Qué día la conoció usted?
—El 13 de julio del año pasado.
—¿Recuerda usted alguna fecha saliente en la historia de su amistad con ella? ¿Sucedió algo entre ustedes el 12 de agosto?
Roberto Vérod se pasó una mano por los ojos antes de contestar, y luego dijo en voz baja:
—Sí. Estuvimos juntos. La acompañé a la montaña.
—¿Qué le dijo usted?
—Nada. Había otras personas con nosotros. Yo hablé poco, y además, si hubiéramos estado solos, no le habría dicho nada. Esto no quiere decir que yo no experimentara el deseo de decirle cuáles eran mis sentimientos, pero las palabras eran ese día más superfinas que de costumbre. En el bosque de Comte, bajo la luz verde, entre las altas columnas de los árboles, se me aparecía como una prodigiosa flor animada, su belleza florecía como la flor de la vida. El aire estaba lleno de perfumes. Yo cogí muchas, muchas flores para ella, y sólo éstas podían decirla mi pensamiento, cuando se las ofreció mi mano temblorosa, después de haberlas cogido en las faldas de los montes. Pronto tuvo la cintura enteramente florida, y en su mirada florecía también una sonrisa...
—Pues bien; mire usted, lea...
Ferpierre tomó el diario, lo abrió en la página en que había encontrado las flores y lo pasó al joven.
«El gozo no tiene tanta virtud para hacer olvidar el dolor, como un nuevo dolor.—La noche del 12 de agosto.»