Frío y duro con sus semejantes, quería a los animales con cariño humano. Apasionado por la caza, sus perros eran sus amigos: hablaba con ellos, los besaba, los miraba fijamente en los ojos, cual si quisiera penetrar en su obscura alma bruta. Ante aquellos seres ínfimos se volvía humilde; los servía personalmente, se despreocupaba de sí mismo por cuidar de que no les faltase nada, y si alguno de ellos se enfermaba, no se daba un solo momento de reposo. Uno de sus perros murió con la cabeza apoyada en sus rodillas, mirándolo hasta el último instante con sus ojos apagados y tristes, y cuando lo vio ya rígido, cuando sintió frío e inerte el cuerpo antes vibrante bajo sus caricias, cuando hubo comprendido el misterio de la muerte, el llanto, un llanto mudo y copioso se desbordó de sus ojos. Con las hembras no había sido tan cariñoso como con los machos: los latigazos que su mano descargaba en los momentos de ira, caían únicamente sobre aquéllas; pero un día cesó de establecer esa diferencia, al ver que una perra, después de haber dado a luz con muchos sufrimientos media docena de cachorros, se enfermó, pero no consintió, en que se la quitaran sus hijos, y tan lastimosamente aulló, que, por fin, se los devolvieron, y expiró con toda su prole prendida del pecho.

De la compañía de las mujeres había huido como por instinto, desde pequeño; pero a los veinte años, muerta su madre, dueño de una inmensa fortuna, salió de un golpe, con transformación repentina, de la vida solitaria del campo, donde alternaba los violentos ejercicios con las mortificaciones del estudio, para entregarse fría y casi estudiosamente a los elegantes y malsanos placeres de la gran ciudad. Disipó mucho dinero y mucha fuerza nerviosa: su constitución ya desequilibrada se extenuó. El amor, el primer amor del alma, se lo inspiró la hija del Príncipe Arkof. Por efecto de su anacronismo moral que en aquella naturaleza distinta de las demás, no tenía por qué asombrar, amó con un afecto juvenil, ingenuo y tímido cuando para cualquier otro hombre había pasado ya la época de ese amor. Su adolescencia solitaria y salvaje no había sido visitada por fantasmas poéticos; pero, por esas leyes de equilibrio y compensación que parecen extender su imperio del mundo de la materia al mundo del espíritu, la poesía del corazón, a cuya virtud parecía haberse substraído, se apoderó de él precisamente cuando se encontraba sumergido en los más prosaicos y ruines amores. Así como la vergüenza lo había impulsado una vez a desterrar de su mente el limbo de la ignorancia, la turbación moral subyugó su alma.

De un día a otro y durante un tiempo no breve, nadie reconocía en él al mismo hombre y, abandonó las compañías indignas, luego de los entretenimientos viles; por una reacción que no se había podido prever, no vivió sino de sueños, de puras contemplaciones, en adoración muda y discreta; a todo eso no lo animaba otro propósito que el de hacerse digno de ser amado por medio de una vida ejemplar.

El encanto se rompió y el maleficio volvió a obrar sobre él cuando la tiranía de los padres de la Princesa Catalina hizo que ésta se casara con el general Borischof, gobernador de Kiev. Los ímpetus salvajes, las convulsiones violentas, volvieron entonces a asaltarlo; pero ¡cosa extraña! no se apoderaron inmediatamente de su alma, cuya capacidad sentimental pudo probarse y medirse por esto; que supo refrenarse y se resignó a la idea de que su esposa del corazón estaba en brazos de otro. Como casi no la había hablado e ignoraba sus sentimientos, habiéndose contentado con suspirar por ella de lejos, creyó, al verla aceptar la mano del general, que lo amaba, que iba a ser feliz con él. Y sangrándole el corazón, consumiéndose de pena, calló, se apartó a fin de no ser un obstáculo para su dicha; mas cuando supo que su afortunado rival no merecía la fortuna que había alcanzado; que no solamente no hacía feliz, sino que injuriaba, maltrataba y mortificaba al ser a quien él habría querido ahorrar, no sólo el dolor, sino hasta la menor idea incómoda, un furor en que había ira, remordimientos y desdén, lo arrojó al campo de los nihilistas que se preparaban a matar al terrible gobernador. Descubierta la conspiración, su alto rango y más que el rango, el motivo enteramente moral que lo guiaba, le salvaron de la pena cruel infligida a sus compañeros; pero esa política, a la que había sido indiferente hasta aquel día, lo inflamó de improviso.

En la frecuentación de los revolucionarios durante los preparativos del complot no había podido, dominado como estaba por otra idea, poner mientes en las razones que los armaban: el amor a la libertad, el odio a la tiranía, la sed de justicia, el ideal de fraternidad eran incomprensibles para el enamorado vengador; pero, cuando arrestado y enjuiciado, conoció el trato brutal de la policía, la inconsciencia de los jueces, el heroísmo de los conjurados; cuando se vio desterrado de la patria; cuando observó, recorriendo el mundo, con la muerte en el alma, el doloroso contraste de las grandezas soberbias y de las miserias incurables, un nuevo ideal lució repentinamente ante sus ojos: la redención humana.

Pero, como era de prever, tampoco esa vez supo guardar mesura. En Francia, en Holanda, en Alemania, en Inglaterra buscó a los jefes del partido nihilista y anarquista, dio cuanto pudo de sus fuerzas y toda su actividad personal a la propaganda, se mezcló en nuevas conjuraciones que produjeron sangrientos efectos, y fue nuevamente procesado y condenado a muerte. Con increíble temeridad volvió varias veces a Rusia, en secreto, a ver a sus correligionarios, para alentarlos y dirigirlos: en peligro de caer en manos de la justicia, se salvó milagrosamente, y continuó después conspirando en el extranjero, siempre soñando y preparando el cataclismo social que le había de abrir las puertas de su país ya regenerado.

Viva impresión produjo en el juez Ferpierre la lectura de estos documentos. La instintiva aversión que sentía por el rebelde se había ido atemperando secretamente con un sentimiento de compasión. Aquella alma convulsa no era tan mala: puesta en otro camino y bien guiada, habría podido dar al mundo luminosos ejemplos del bien. ¿Por qué no lo había curado el amor de un ser como la Condesa d'Arda?...

Los informes de la policía decían algo de la influencia que este amor había ejercido sobre el Príncipe. Cinco años antes, en la época en que conoció a la italiana, la actividad política de Zakunine casi había cesado. Parecía que el revolucionario hubiera olvidado sus antiguos ideales, a sus cómplices y todo, para vivir junto a su amiga. El cambio era tanto más notable, cuanto no era solamente en la política sino hasta en las costumbres. Las exuberantes e insaciables aptitudes de aquel hombre no se conformaban con tener por tarea la persecución de las reformas sociales: entre conspiración y conspiración, se daba tiempo para pasar de un amor a otro. Sus aventuras galantes eran innumerables: como por virtud de una fascinación, todas las mujeres que había hecho objeto de sus deseos habían sido suyas. Y de esa vida había salido por obra de la Condesa Florencia.

El juez tuvo noticias más precisas con respecto a los sentimientos que había experimentado en ese tiempo, leyendo los papeles encontrados en el domicilio de la difunta, en Niza. Entre aquellas cartas, la mayor parte insignificantes o reveladoras de cosas ya conocidas de Ferpierre, había algunas que el Príncipe había escrito a su amiga en los preliminares de su amor. Eran tan apasionadas y fervorosas, que casi se exhalaba de ellas un hálito ardiente: las palabras suspiraban, cantaban, ardían con llama viva.

«Luz del mundo, vida del alma, sonrisa de la gracia, puerto de salvación ¿queréis oír lo que jamás ser viviente oyó? Nunca ha sabido nadie lo que yo soy. No he tenido madre, no he tenido hermana. De ello no me lamento; por el contrario, estoy orgulloso, porque ahora puedo revelaros mi corazón a vos sola...»