Vérod se levantó, y pasándose la mano por la frente, exclamó, vencido, perdido:—¡No diga usted eso!... Sí, es cierto... Tiene usted razón... Puede usted tener razón... ¡Pero no diga usted, no lo repita!... ¡Porque entonces, resulta que yo, yo mismo la he muerto!... ¡Muerta por mí!... ¡Por mí!... Mire usted... esta idea, esta sospecha, me destroza el corazón. ¡Siento que me vuelvo loco!
VI
LA INVESTIGACIÓN
Cuando el juez se quedó solo, la confianza que lo había sostenido lo abandonó de improviso. La resistencia de Vérod lo había aguijoneado, sugiriéndole argumentos cuya fuerza contra la acusación le parecía grande; pero, al fin, viendo que el otro le daba la razón, en vez de afirmarse en su opinión, volvió a dudar. Su reconstrucción del drama era verosímil, pero nadie podía atestiguar que fuese verdadera, y en cuanto a la posibilidad del asesinato, ¿era en realidad insostenible? Después de haber desarrollado una de las dos hipótesis, debía examinar la otra, y a esta tarea se preparaba, con creciente antipatía hacia los acusados. Conmovido por el dolor de Vérod, interesado vivamente por la difunta, desconfiaba más que nunca de los rusos.
Al día siguiente del interrogatorio del joven, recibió, junto con varios paquetes de cartas, secuestradas en Niza y Zurich, las informaciones pedidas al jefe del departamento de policía y a la legación de Rusia en Berna, acerca de ambos nihilistas. Lo que ya sabía de la índole del Príncipe Alejo Petrovich estaba confirmado y documentado por los informes extensos y minuciosos de ambas procedencias, llenos de declaraciones tomadas en anteriores procesos políticos. Pero también supo cosas que no sospechaba.
Heredero del genio de la raza eslava, movido por sentimientos impetuosos y demasiado vecinos de los instintos primitivos, Zakunine padecía, además, de ese histerismo que, según la ciencia moderna de las enfermedades nerviosas ha comprobado, no es solamente un doloroso privilegio del sexo femenino. Cosas verdaderamente increíbles se referían del Príncipe, de su tumultuosa juventud. Huérfano de padre, el odio que desde pequeño había tenido al segundo marido de su madre, se había tornado en manía homicida. Constantemente golpeado con crueldad, castigado con un salvajismo que superaba en mucho a la severidad merecida por sus faltas, su carácter se había agriado.
Un día—todavía no tenía más de diez años,—paseándose con un camarada de su misma edad, se acercaba a una estación de ferrocarril. El amigo le había explicado que los guarda líneas recorren el trayecto de los rieles que les corresponde vigilar, para cerciorarse que ningún obstáculo amenazaba la seguridad del tren; entonces él, aprovechando un momento en que su compañero no le observaba, y sin más móvil que una perversa curiosidad del mal, había puesto sobre los rieles dos gruesas piedras, y se había quedado allí cerca hasta la llegada del tren para juzgar del espectáculo de la catástrofe. Las piedras eran bastante grandes, pero, por fortuna, poco resistentes, y las ruedas de la máquina las redujeron a polvo sin desviarse un punto. En ocasión distinta, algunos años más tarde, la fría insania de aquel ser se había manifestado en otra forma, contra sí mismo. Recorría sus posesiones en la pequeña Rusia, y un niño, hijo de un mujik, que le servía de guía, iba explicándole las cualidades de los árboles y hierbas: al pasar por delante de un verde matorral, el chico señaló una planta pequeña, de hojas largas y velludas, y le dijo: «Este es beleño, un veneno tremendo.» Entonces, rápidamente, sin dar a su guía el tiempo de acercársele, no ya de impedir el acto, arrancó cuantas hojas pudo coger su mano y las devoró. El guía se había engañado, esa planta no era beleño; pero durante un día entero, todos habían creído a Alejo Zakunine envenenado, y estaban entre admirados y espantados al ver la irónica alegría con que esperaba la muerte y reprendía a los que se mostraban afligidos.
Su juventud entera había sido una tempestad. Sin dinero, el demonio del juego le había cogido por los cabellos: una noche, después de haber perdido una suma que no podía pagar, se había disparado un tiro de revólver en el corazón, para no sobrevivir a su vergüenza; la bala, desviándose, le había roto el húmero. Por una cuestión poco limpia había tenido un duelo, y no había querido reconciliarse con su adversario; pero más tarde le había salvado de la muerte, con riesgo de su propia vida, heroicamente.
Hasta los dieciocho años había sido imposible hacerle aprender nada, ni persuadirlo de que estudiara una sola lección; pero avergonzado una vez al hablarle en francés una mujer, una niña, creyéndole conocedor de esa lengua, había cambiado de vida de la noche a la mañana: durante dos, tres años, nadie volvió a verle: entregado al estudio con el mismo ímpetu que dedicaba a lo malo, había recuperado rápidamente el tiempo perdido.
Nada había difícil para su inteligencia tersa y aguda. Su voluntad era capaz de actos de firmeza férrea, de perseverancias infatigables, pero no se mantenía siempre igual; con los raptos de esfuerzo tenaz se alternaban frecuentes crisis de debilidad nerviosa, de relajamiento enfermizo. Este lado de su constitución moral era menos conocido por la especie de celoso pudor que ponía en ocultar sus debilidades. Sin embargo, le habían visto llorar.