—Yo no niego las leyes: lo que digo es que éstas no resuelven las dificultades dentro de las cuales estamos condenados a movernos; las agitan y nada más. Y aunque hubiera estado legalmente unida a ese hombre...

—¿Usted habría tenido el derecho de seducirla, de quitársela? ¿Podía ella haber faltado a su palabra?

—No se puede jurar un amor eterno...

—¿Y usted se lo juraba a ella?

—No se puede amar a quien no ama.

—¿Diría usted lo mismo si fuera usted el abandonado?

Y como ante esta sólida argumentación el joven permanecía mudo y confuso, el juez repuso en tono diferente:

—¡Ah! ¡No estamos tan lejos como probablemente usted cree, del objeto de nuestras indagaciones! Esas ideas, el contraste de la ilusión con la realidad, la lucha del deber con el placer hirieron de muerte a la desgraciada, haciéndola ver y sentir cuán difícil es la vida. Que quiso salir de ella es demasiado evidente. Falta sólo demostrar que realmente puso en práctica su propósito. No hay pruebas directas, pero todas las presunciones están contra usted. Considere usted fríamente, si se siente capaz, la suma de circunstancias que tenemos por delante, y verá usted que tengo razón de pensar así. Usted ha denunciado a las dos personas que estaban en la casa en el momento de la muerte; pero ¿contra cuál de las dos hay que dirigir las sospechas y las averiguaciones? ¡Ya sería hora de decidirse! ¿Es el Príncipe el culpable? ¿Y por qué habría muerto éste a la infeliz? ¿Por celos? Pero, ante todo, usted deberá acordarme que ese hombre, al cual no concede usted otras facultades que las del odio y del mal, había vuelto a amar a la Condesa y sufría al saber que había perdido su afecto. ¿Pero la Condesa era ya de usted? Correspondía a la pasión que usted tenía por ella. ¿Querría dejar al Príncipe e irse con usted? ¡No, al contrario! Hasta el último momento se declara vinculada al otro, rehúsa escucharle a usted, le conjura a que la deje! A duras penas, después de insistir empeñosamente, le arranca a usted el permiso de esperar: una esperanza ambigua, incierta, lejana; un permiso que puede usted hasta dar por no recibido, que ella no podía negarle, pero que a nada la compromete. Dado el carácter de la Condesa, la seriedad de sus escrúpulos, la sinceridad de sus remordimientos, debemos creer que, apenas usted se marchó, ella comenzó otra vez a acusarse, a prohibirse el mantenimiento de la esperanza que acababa de conceder y aceptar. En tal situación, ¿qué motivo tenía el Príncipe para matarla? Todavía la amaba, o si a usted le place, estaba celoso, tenía celos brutales, aquellos celos que significan la ofensa al sentimiento de propiedad y nada más. Pero ¿de qué podía acusarla? ¡No de haberse entregado a usted! Noticias tenía para estar seguro de que el más leve esfuerzo suyo para demostrarse bueno, una palabra de amor, una frase amable, habrían impedido que la Condesa fuera de usted. Quiero creer que no son los celos, que no es el odio, lo que hace que usted desestime tanto a ese hombre; admito que los buenos sentimientos no tengan cabida en el Príncipe y que, en realidad, éste sea capaz de un delito vulgar. Pero la malignidad más brutal tiene, sin embargo, necesidad de un pretexto, si no de una razón para armarse y herir. Y yo no veo aquí razones ni pretextos. ¿Usted supone probablemente que, después de haberle acordado a usted con tanto trabajo un consentimiento tan ambiguo, fue su amiga a provocar a Zakunine, a declararle de improviso que amaba a usted? No cabe duda de que, sin que en ello entre la voluntad de usted, el amor propio le sugiere tal razonamiento: eso es lógico. Pero si la Condesa hubiera querido entregarse a la inclinación que sentía por usted, nadie se lo habría impedido cuando Zakunine estaba lejos. Y ahora mismo, ¿necesitaba en verdad pedir licencia a ese hombre? Si el impedimento hubiera venido de él, ella habría podido rebelarse y desafiarlo; pero no venía de él, sino de ella misma, de su íntima conciencia. Por consiguiente, la hipótesis es absurda. Ahora, ¿quiere usted que haya sido la nihilista? Esta habría muerto a la Condesa porque amaba al Príncipe y estaba celosa de su rival. Pero en este caso, las dificultades no son menos que en el otro: ¡al contrario! Antes que todo, habría que demostrar que los dos rusos son amante y querida, cosa que ambos niegan, y después, aunque esto llegara a probarse, para que la Natzichet matara a la Condesa, se necesitaba que ésta fuera un obstáculo para su amor. ¿En qué forma lo era? ¿Podía, acaso, la infeliz, ni sabía cómo impedir al Príncipe que se fuera con otras mujeres? ¿De qué modo hacía sombra esa desgraciada a la nihilista? ¿No tenían los dos rusos plena libertad para permanecer juntos en Zurich? Y si racionalmente no se puede imputar el homicidio al uno ni a la otra, ¿podemos suponer que lo han cometido juntos? ¡El absurdo sería doble! Después, si la amiga de usted no hubiera tenido razones para huir de la vida, nos encontraríamos en el caso de acoger la sospecha del asesinato, por poco fundada que fuera, como lo es. Pero los motivos que pueden haberla impulsado al suicidio, no sólo no faltan, sino que abundan. Usted tiene, no obstante, un argumento de su parte, uno solo...

Ferpierre se detuvo un momento para respirar. Roberto Vérod permanecía en la misma actitud en que desde el principio lo había escuchado: la cabeza baja, las manos estrechamente apretadas, como quien espera un golpe mortal.

—Hay cientos y miles de mujeres que en la situación de la Condesa d'Arda, entre sus escrúpulos y las tentaciones de la pasión, no llegan al extremo de suicidarse. Esperan, y con el tiempo se acomodan a una vida que por un momento creyeron insufrible: transigen con sus escrúpulos; hallan en el ejemplo de los demás una excusa y confianza en la redención futura. Tal es la conducta de todas, de casi todas. Usted ha definido bien, desde el primer momento, la importancia de esta razón. Pero para creer eso, para sostener que la Condesa no ha querido matarse aun después de su última explicación con usted, ante la visión del mal inevitable, tiene usted que admitir que su amiga, que esa mujer, cuya grandeza de alma decanta usted y en que yo realmente creo por estas confesiones, por las declaraciones de las gentes que la conocieron, tiene usted que admitir, digo, que en vez de resistir hasta el último, fuera también capaz, como las otras, de esas cómodas transacciones de que somos testigos cotidianos. Es positivo que quien se mata no prueba tener una alma templada, ni muestra una fe indestructible; pero si, por obra de usted, la infeliz se encontró en la imposibilidad de adoptar un tercer partido, debo creer que de los dos escogiera el menos malo. ¿Y no le parece a usted extraño que yo deba sostener, contra usted mismo, la entereza de conciencia de esa mujer, la delicadeza de su honra?...