—Lo dijo, lo escribió; pero, en el momento de ejecutar el acto, la idea de Dios debió detener su mano.

—¡La idea de Dios le detuvo muchas veces la mano; pero llegó un momento de dolor intolerable, y se mató!

—¿Sin dejarme una palabra? Ella que sabía que me había devuelto a la vida, ¿habría destruido de un golpe el efecto de sus enseñanzas? Usted dice que, matándose, ha querido substraerse al mal; pero ¿cree usted que al hacerlo ha hecho bien?

El magistrado a su vez se quedó sin responder, y Vérod, comprendiendo que por fin había obtenido en aquella lucha una ventaja, continuó:

—Ella pensaba y escribió que en algunos casos se puede huir de la vida sin merecer reproche; pero podrá darse muerte el que está solo, no aquel de quien depende otro. ¿No acaba usted de leer sus palabras? «Hay en el amor algo grave: que cada amante no es solamente responsable de sus propias acciones, sino también de aquellas a que impulsa a su amado.» ¿Y ella me habría dado el ejemplo de la muerte?... Yo creo en la hermosura de su alma; en otra cosa no creo. Y la certidumbre que tengo de que no se ha matado, aumenta mi culto por ella.

—¿De modo que el deber de no dejar a un hombre con quien se había desposado con el corazón, era un pretexto?

—No se había desposado realmente con él.

—¿Nada significaban entonces aquel vínculo, puesto que la ley no lo había sancionado?

—¿Usted cree en la bondad de las leyes humanas, en su perfección? ¿Cree usted que la salvación consista en observarlas fielmente?

—¿Lo duda usted? ¿Y esos son los principios que usted propaga con sus libros? ¿Y profesando esos principios tiene usted tanta aversión al nihilista? ¿No sabe usted que ustedes los negadores, los pesimistas, son los maestros, los incitadores de todos esos espíritus audaces a quienes no bastan las especulaciones abstractas, sino que traducen en actos, lógicamente, los razonamientos que ustedes predican?