—¡No!—prorrumpió el joven, levantándose de un salto y casi en actitud de desafío.—¡No es así! ¡Yo no puedo creerlo, jamás lo creeré!... Esas fueron sus ideas, cierto; pero sobre sus ideas de muerte, más alto, más potente, debía estar y estuvo, el pensamiento de la vida y del amor. A mí tampoco me habría costado nada darme la muerte antes de conocerla. Yo tenía razones para odiar la existencia...
—¿Las mismas razones que se la hacían odiar a los veinte años?
Perpierre dijo estas palabras casi movido por un ímpetu inconsciente. Aunque la severidad de su cargo debía impedirle recordar sus antiguas relaciones con el acusador, una instintiva curiosidad por saber si el joven se acordaba todavía de él, lo hacía invocar lo pasado.
—Las mismas—contestó Vérod, mirándole en los ojos;—pero más urgentes, más desconsoladoras que las que usted recuerda. Usted me conoce, ¿no es cierto? Yo también lo he reconocido en el acto. Usted sabe que yo vi demasiado temprano la miseria, el vacío, el horror de la vida.
—¿Por qué causas? ¿Es usted pobre? ¿Ha sufrido usted injusticias de los hombres o del destino? ¡Sí, me acuerdo de usted; pero no sé, ni cómo iba a saber lo que le han hecho!
El magistrado experimentaba una especie de placer en hostigar al pesimista, en obligarle a reconocer su error.
—Nada me han hecho. Pero yo lloraba por todo. Estaba enfermo, sí, no cabe duda: pero enfermo del alma, no del cuerpo. Ella fue mi salvación. Después de haberla visto me sentí renacer. Tal es el poder del amor: la sola existencia de un ser amado es una razón, la más poderosa razón para vivir.
—¿Y eso es verdad, tratándose de cualquier amor?
—¡No me hable usted de los obstáculos! Sí; yo odio, yo execro, yo querría, como ya he querido, matar al hombre que me la arrebató, y el odio transpira en mis palabras. Sí; ella me dijo lo que usted ha pensado, todo lo que el razonamiento ha hecho a usted descubrir, y comprendiendo que la existencia de ese hombre era un obstáculo para nuestra felicidad, la hablé de mi odio. El amor, el amor recíproco crece en presencia de los obstáculos, trata de apartarlos, no cede. El amor aguarda, mantiene esperanzas. Es verdad: ella tembló cuando me oyó hablar así, pero eso no le impidió reconocer que podía, que debía esperar. Todavía no he dicho a usted todo lo que medió entre nosotros. Dos días antes de nuestra última entrevista, la acompañé al monte Chesand; bebimos en una fuente; yo después que ella hubo bebido, apuré de su copa el agua que había dejado: me pareció que oprimía sus labios con los míos. Ayer cuando me autorizó a esperar, la tomé una vez más la mano, y se la besé con avidez. Ella se estremeció, pero no la retiró. Yo conocí que ya era mía, que me habría sido fácil coger otro beso en la flor de sus labios. ¿Y al día siguiente, pocas horas después, se habría de dar la muerte?
—¡Pues sí! ¡Pues sí!—replicó prontamente el juez, viendo que en el calor de la defensa Vérod se descubría.—¡Pues sí, pocas horas después! Porque ¿sabe usted cuál es el amor que sugería a usted esa moderación que usted cree inspirada por el amor respetuoso y obediente? ¡El amor dominante, egoísta! ¡Porque, esos placeres, de que usted gozaba, que le hacían prever otros mayores, debían a ella aterrarla!... Ella era también de carne y hueso, y al verse junto a usted se sintió sin fuerzas para resistir a la pasión exigente: ¡después, a solas con su propia conciencia, oyó su voz imperiosa! Toda la última parte de su diario está llena de la idea de la muerte. ¿Se asombra usted de que, viéndose en un camino sin salida, pusiera esa idea en práctica?