—¿Y no se dijo usted en ese momento que ella tenía razón; que entre usted y ella el amor estaba condenado a una triste vida? ¿No comprendió usted que era necesario dejar a aquella mujer entregada a su destino, a fin de evitar uno peor?
—¡No diga usted eso!—prorrumpió Vérod, fijando una mirada entre humilde y ardiente en el rostro del magistrado.—¡No diga usted eso!... Yo no sé, no puedo decir a usted lo que sentí... Sí, tal vez, esa idea, y otras menos definibles, ocupaban mi mente: pero yo la amaba, veía que ella pensaba en mí, que sufría por mí, y huir, dejarla sola, no decirla el ímpetu de mi gratitud, de mi ternura, de mi compasión; no decirla que temblaba por ella, que quería morir por ella, no mezclar mis lágrimas con las suyas, ¡eso era imposible!
—¿Y la dijo usted eso?
—Debía decírselo. Ella me oyó. El temporal había terminado, el sol resplandecía sobre la lozana verdura. La dije que la tempestad de su vida se tenía que calmar algún día, y que ese día yo sería aún suyo. Ella suspiró: «¡Si nos hubiéramos conocido antes!...» Yo seguí hablando. Nada la pedía, pero deseaba y debía decirla que en el mundo nada hay irreparable; que esta vida sería verdaderamente demasiado amarga si la esperanza no la hiciera soportable. Otra cosa más cierta la dije, una cosa muy triste: que hay más gozo en la expectación que en la obtención; que por eso la esperanza es el mayor bien. La pregunté: «¿No cree usted que es así?» Y ella me contestó: «Sí.» Esta palabra, la palabra del asentimiento, fue la última que me dijo.
Ferpierre dejó que el eco de aquella voz apasionada se perdiera. Y cruzando los brazos sobre el pecho, habló lentamente, después de un breve silencio:
—Resumamos. Todavía no tenemos testimonios que nos iluminen con la verdad, pero quiero creer que de un momento a otro se podrá hallar la prueba irrecusable de la acusación formulada por usted. Quiero conceder que cuando hayamos leído la carta dirigida a sor Ana Brighton, en esa hoja escrita por la Condesa dos horas antes de su muerte, encontraremos que no solamente no hablaba de morir, sino que, por el contrario, expresaba su certidumbre de una felicidad inmediata. Pero hoy por hoy, si la lógica ha de valer algo, tenemos que creer en el suicidio.
Como Vérod no contestara y siguiera mirándole tímidamente, el juez continuó:
—Ese último coloquio, cuya importancia no quiere usted reconocer, es suficiente para explicar la catástrofe. Yo presentía que entre ustedes debía haber ocurrido algo que a los ojos de ella fuera un obstáculo que se cruzaba en su camino. Si la desgraciada se había forjado ilusiones sobre la posibilidad de una amistad pura, las últimas palabras de usted debieron desengañarla. Todos los argumentos que usted la adujo, son sofismas consuetudinarios de la pasión. Usted nada la pedía: lo mismo había dicho el hombre por quien ella se perdió. La lógica de la vida era, en realidad, la que éste le había revelado con crudeza: «Quien tiene hambre debe saciarla.» Si es verdad que la esperanza es el mayor bien, no gozamos de él sino mientras creemos seguir el objeto: nadie en el mundo se consuela imaginándose un bien que jamás obtendrá. Lógicamente, necesariamente, la Condesa debía caer en un nuevo error. Y digo error, aunque también podría decir culpa. Yo no dudo de la honradez de las intenciones de usted; pero su debilidad y la de ella, habrían hecho que, llegado el momento, cayeran en el olvido. El ardor del deseo impulsaba a usted a contraer un compromiso del que forzosamente se habría arrepentido después. Y aun sin la previsión del arrepentimiento de usted, ella veía cerrado a su paso el camino que conducía al nuevo gozo. Todas estas ideas que la desgraciada había examinado detenidamente, debían presentársele con mayor urgencia, más impertinentes, más funestas después de lo que usted la dijo. ¿Qué momento escogió usted para hablar? El más grave. El hombre con quien estaba ligada volvía a su lado, y se había reformado: tenemos la declaración de Julia Pico, de la que resulta que el Príncipe comenzaba a portarse mejor con ella. Si, pues, la Condesa había podido pensar antes que sus vínculos con el Príncipe se habían desatado con el abandono en que éste la había dejado, ya en ese momento no podía considerarse libre. El deber de continuar con el hombre a quien se había entregado para siempre, y que demostraba por fin saber apreciar su amor, ese deber tenía que surgir de nuevo más imperioso. Al dejar a un hombre que la traicionaba, podía haber encontrado alguna justificación, y, además, éste no había de echarle en cara la instabilidad de aquella fe a que había querido convertirle: por otra parte, en el caso de que hubiera querido dirigirla algún reproche, ella habría sabido cómo contestarle, dadas las circunstancias. Pero abandonándole cuando él volvía en su busca, habría sido doblemente culpable. Y seguir con él era cosa que no podía hacer, pues ya no le amaba; su amor era para usted. Y en los ojos de usted, en su voz, donde al principio, cuando estaba sola, había leído únicamente el amor y la compasión hacia ella, vio de improviso palpitar el odio contra el hombre que se presentaba a impedir la felicidad ambicionada. Entonces, no sólo pensó en que iba a perder en la estima de usted, sino que temió también ser causa de otros males al empujar a dos hombres a odiarse, probablemente a matarse. Pocas horas después de semejante tempestad moral, aquella mujer, que además se halla incurablemente enferma, cuyo pecho está atacado de un mal sin remedio, que no tiene a nadie en el mundo, ni padre, ni hermano, aleja con un pretexto a la compañera que siempre ha velado por ella, y en seguida la encontramos muerta, con una arma al lado, el arma que la pertenecía, que ella misma guardaba el arma con que ya había pensado buscar el último reposo: ¡yo tengo que decir, usted tiene que reconocer que esa mujer se ha matado!
Ferpierre había hablado con mayor dureza aún, cual si el hombre que se hallaba en su presencia fuera el acusado, no el acusador. Y la actitud de Roberto Vérod era la de un culpable: inclinada la frente, una mano en el pecho, parecía doblegarse bajo el peso de la reprobación de los demás, de su propio remordimiento.
—¿Nada dice usted? ¿No reconoce usted la justicia de mis razonamientos?