—No sé, no sé... Demasiados pensamientos me asaltaban, y querían salir a un tiempo, pero una idea me preocupaba sobre todas las demás: «Si hablo va a retirar su mano.» El velo de niebla se iba evaporando ya, y cuando el lago aparecía, las olas espumosas que se alzaban y se deshacían en seguida, producían la misma impresión que dejan las ascensiones rápidas, aturdidoras. Un trozo de cielo se mostró, como una sonrisa. Yo la dije: «¿Ve usted el firmamento azul?...» Ella se levantó.
—¿Y después?—preguntó el juez al ver que el narrador se callaba.
Lo que el joven tenía que decir debía ser más grave, tenía que ser contrario a la acusación, para que lo hiciera interrumpir así su relato.
—¿Y después? ¡Diga usted todo; es preciso decirlo todo!
—Ella habló del otro. Yo sabía que ya no era el amor, sino el deber lo que la ligaba a él. Al levantarse me dijo estas palabras: «Yo no merezco el amor de usted. La sinceridad que aplaudo y exijo a otros me ha faltado a mi. Usted sabe, y yo le he dicho, que no soy libre... Pero el hombre con quien estaba unida me había dejado, usted no le veía a mi lado, ambos podíamos creer que no volvería más. Ahora... está aquí. Si usted quiere que yo continúe estimándole, no me diga más nada...»
—¿Ve usted? ¿Ve usted?
—Yo la contesté: «Sea como usted quiera; pero ese hombre le va a dejar a usted otra vez...»
—¿Ve usted? ¿Ve usted?—repitió el magistrado.—Si usted la dijo esas palabras con el duro acento que usted me las refiere, ¿no pensó usted que el odio que usted manifestaba tener a Zakunine debía inspirarle miedo?... ¿No era natural que se dijese que, a pesar del respeto que usted la tenía, su afecto por ella disminuiría ante la idea de que en el hecho pertenecía al Príncipe? ¿Y qué contestó?...
Vérod había inclinado la frente. Bajando mucho la voz, dijo:
—Ocultó su rostro entre las manos.