Viendo que Vérod vacilaba en contestar, el magistrado insistió:

—Es necesario, repito, que usted sea sincero. El hecho que parezca menos importante, una palabra, una nonada, pueden ponernos en el camino de la verdad. Si la pasión impulsa a usted a castigar a un asesino, la conciencia debe recordarle que la justicia no reconoce pasiones. ¿La habló usted de su amor?

—Sí.

Y Roberto Vérod temblaba.

El último coloquio con su amiga, el más apasionado, el más íntimo, aquel coloquio después del cual había esperado con nuevo fervor, era para él la prueba de más peso contra los asesinos. ¿Podía pensar jamás en la muerte de la mujer que lo había dejado hablar de un porvenir mejor? Pero Vérod comprendía que, según las inducciones del magistrado, el valor de aquella prueba resultaba invertido; que la contemplación de una próxima felicidad, en la que creía, pero que sentía no poder alcanzar, era justamente lo que la había determinado a dar el último paso. Y si el magistrado tenía razón, la severidad de sus palabras estaba justificada; pero más aún que la severidad de aquel hombre, lo confundía de manera indecible la íntima conciencia del mal causado al ser por quien él debía y había querido velar con todas sus fuerzas. Ya no gritaba de dolor, como la víspera; pero sentía una mano de hierro que le oprimía, le estrujaba y retorcía el corazón: se ahogaba, las palabras expiraban en sus labios, pues tenía que decir la verdad y comprendía que ésta se iba a volver en su contra.

—Sí, la hablé de mi amor... Hablamos de la nueva estación, del frío que pronto nos ahuyentaría de aquí... Yo quería saber adonde pensaba ir, dónde y cuando podría verla otra vez. Ella me dijo: «No sé todavía adonde iré: tal vez a Niza, tal vez a Biarritz. ¿No será mejor ignorarlo, por usted y por mí?...»

—¿Ve usted?... ¿Y después?

—Yo la dije: «Sea como usted quiera. De lejos, de cerca, piense usted en que mi vida es suya...» Ella cerró los ojos. Yo continué: «Es la verdal. ¿Debería ocultarla? ¿No me ha enseñado usted a decir siempre la verdad? Por otra parte, ¿no la sabe usted ya?...» Ambos nos callamos. El cielo se había obscurecido: ella miraba los vapores grises que subían por las cuestas de las montañas y envolvían la vegetación: miraba el lago gris y encrespado, que parecía de plomo; los árboles se doblegaban al impulso del viento, perdían sus primeras hojas. Yo la acompañaba mentalmente en su pensamiento elegíaco delante de la visión otoñal. Le dije: «El color que parece del cielo está en nuestros ojos: el azul es negro en la tristeza; en la alegría, el gris es celeste.» Una nube azulina cruzaba por entre los vapores que rodeaban la montaña y parecía un trozo de cielo. Ella contestó: «Sí, pero ese es un engaño: el cielo está cerrado.» Yo repliqué: «Pronto se abrirá.» Poco a poco se fue cubriendo todo el paisaje, todos los colores habían desaparecido, no se veían otros tonos que el del blanco y el del negro: las montañas negras, el agua plomiza, la espuma plateada; las nubes cenicientas, albas nubecillas, nubecillas pálidas, nubes de color de hierro. Ella dijo: «¿No parece una acuarela?» Yo aprobé, y luego añadí: «En esto hay tanta belleza como cuando el sol resplandece.» Seguí hablando. Agregué que una luz interior iluminaba mi vida entera, que mis ojos no veían ya por todas partes más que formas de la belleza. Su pálida hermosura era en este momento maravillosa, parecía reflejar toda la palidez de la Naturaleza que nos rodeaba. La tomé de una mano. Un calor de vida se transmitía de esa mano a todo mi cuerpo. Ella la retiró, palideciendo más. Yo no dije nada, pero el llanto se me agolpó a los ojos. Ella me dijo: «Comprenda usted que tenemos que separarnos.» Mi respuesta fue: «Su voluntad será cumplida siempre. Si usted quiere, mañana partiré. Esperaré desde lejos. Y si usted quiere que no espere, que no alimente más esperanzas, trataré de olvidarla. Difícil ha de ser destruir la esperanza que rige nuestra vida; y piense usted que mi placer, mi orgullo, mi vanidad, consisten en ser tal como usted desea...» Todo había desaparecido de nuestra vista: la blancura de las nubes, la negrura de los montes se borraban y se confundían en un gris uniforme. La lluvia comenzaba a caer. Ella se estremeció. Yo volví a tornar su mano. Quería decirla que ese era el último saludo, que podía dejar su mano en la mía por última vez. No pude hablar. Ella no retiraba la mano, y yo seguía sin pronunciar una sílaba: un tumulto de ideas me confundían...

—¿No notaba usted la terrible lucha que ella sentía en su interior?

Al oír esta interrupción, Vérod movió vivamente la cabeza.