Ferpierre hizo un movimiento de cabeza con el que parecía indicar que en tal caso retiraba su observación.
—Pero—repuso,—ella quería ser digna del respeto de usted y no podía esperar conseguirlo sin la aprobación de su propia, conciencia. Note usted que lo que atenuaba la ilegalidad de sus relaciones con el Príncipe, era precisamente la idea, la certidumbre de estar unida con él irrevocablemente. Y al dejarlo, aun cuando fuera para contraer una unión legítima, ¿no había de ver que contrariaba esa idea y destruía aquella certidumbre? El obstáculo, si usted cree en la rectitud del alma de la Condesa, debió parecerle enorme. ¿No es cierto?
Vérod no contestó. Francisco Ferpierre vio que había acertado el golpe.
—Considere usted que el camino en que se había aventurado no tenía salida—continuó el juez al cabo de una pausa.—La única esperanza lícita para ella era que el Príncipe, reconociendo sus propias faltas y repudiando la obra cruenta a que se había consagrado, correspondiese por fin al amor y a la confianza que ella había puesto en él. Entonces, ese habría sido el rescate de su pasión: aunque mala en su origen, habría durado largo tiempo y producido un efecto bueno. Sin duda ya era tarde, pero aunque no pudiera seguir amándole, debemos creer que habría vivido ciertamente tranquila, si no serena. Fuera de eso, no existía el bien para ella. Cuanto más débil era a los ojos del mundo la palabra que la unía a aquel hombre, tanto más fuerte debía ser para su conciencia; puesto que faltaba a esa unión la sanción social y sagrada, más fuerte tenía que ser la sanción moral. No obstante los desengaños, los dolores, los ultrajes sufridos por ella, debía permanecer fiel a aquel que había aceptado como compañero de su vida. ¿Acaso las faltas del marido, por extremadas que sean, autorizan a la esposa desgraciada a buscar la felicidad con otros hombres? Si piensa usted en que el sentimiento de este deber existía en ella reforzado por el empeño de demostrar a ese incrédulo el poder de los escrúpulos escarnecidos por él, reconocerá que la muerte debía presentársele de nuevo y fatalmente como el término de su desventura. Para creer que pudiera consentir en unirse con usted, debe usted admitir que sus escrúpulos no fueron muy sinceros... que fuesen, más bien dicho, muy débiles. Yo sé que la pasión razona de diferente manera; que, según el criterio común, nada debe resistir a la fuerza de amor; pero si esto puede ser cierto en algún caso, lo será tratándose de un amor primero, único: la continua renovación de semejantes triunfos no se efectúa sino a costa de la dignidad, del respeto, del honor, de una cantidad de otras cosas que importan muchísimo en sí mismas. La amiga de usted había seguido ya su camino, extraviada con no prestar oídos más que a la voz del amor, y si en el fondo de su alma existía el laudable sentimiento del rescate que se proponía operar, no por eso dejaba de comprender que había errado. El amor de usted tenía que hacerla ver el abismo ya presentido por ella. Usted mismo con la confianza y la única esperanza de poderla hacer suya un día, la empujaba hacia ese abismo. Quería usted hacerla su esposa; pero ¿era verosímil que, incitados ambos por la pasión y dadas las condiciones en que ella se encontraba, hubieran sabido esperar? Quería usted entrar en la vía recta, pero, ¿no habría sucedido que, infaliblemente, se dirigieran los dos juntos por el camino extraviado? ¿No había ella de prever que le iba a ser imposible resistir?... Usted es poeta; usted conoce la vida, usted estudia el corazón de los hombres ¿de qué le sirve su arte, si no le hizo ver anticipadamente todo esto?
El juez había hablado con mucha severidad. Roberto Vérod guardaba silencio, inclinada sobre el pecho la cabeza.
—Pero volvamos a lo que urge por el momento; ¿no me ha dicho usted que la vio la víspera de su muerte?
—Sí, por la tarde.
—¿En su casa?
—Sí.
—¿Qué le dijo usted?... ¿La habló usted de su amor?