—Tiene usted razón—contestó Vérod, meneando lentamente la cabeza.—Eso era natural. Usted no puede creer que una cosa natural no hubiera llegado a realizarse. Usted no creerá que huí de ella, que la respeté, que la obedecí. Usted no sabe la transformación que por la virtud de esa mujer se ha operado en mí.

—Hábleme usted de eso.

—Es difícil. Porque yo tengo la costumbre de dar forma literaria al pensamiento, usted encuentra probablemente en mis palabras la exageración del artista. ¿No ha sospechado usted ya que he recurrido a los artificios del arte para expresarle mis sentimientos?

Era verdad. Por más que Ferpierre se inclinara a compadecerse sinceramente del dolor de Vérod, desconfiaba de él. Aquel hombre parecía mejor que sus obras, pero su arte era demasiado amargo y desesperado. Del más noble y eficaz instrumento, de la palabra, se servía para una obra disolvente. ¿Cómo creer en su bondad?

—No digo—contestó el juez, sorprendido, mal de su grado, por el clarovidente temor del joven,—no digo que, deliberadamente, con estudio, se hubiera usted dedicado a seducirla. Pero todos los hombres...

—No crea usted que yo sea un hombre distinto de los demás—interrumpió Vérod.—La naturaleza de cada uno de nosotros es doble, y las fuerzas morales están latentes hasta en los espíritus incultos: para que puedan obrar se necesita que sean educados y guiados por otros espíritus naturalmente mejores y más fuertes. Aquel ser me reveló cosas que yo ignoraba. Si usted cree en la verdad, la verdad es ésta...

Y con voz trémula, fija la vista en el suelo, le refirió la historia de su amistad con la Condesa. El magistrado le escuchaba con atención más indulgente; pero todavía le quedaba el temor de que por vengar a la muerta y perder al rival, el acusador callara alguna circunstancia y se exhibiera mejor de lo que era en realidad.

—Usted abrigaba, pues, una esperanza, por débil y remota que fuera. Pero ¿cómo no pensó usted que para ella era motivo de temor lo que para usted era motivo de esperanza? Un nuevo vínculo amoroso tenía que envilecerla.

Roberto Vérod miró a su interrogador cara a cara.

—Yo quería hacerla mi mujer ante Dios y los hombres.