—Yo esperaba, y creía que ella también mantuviera esperanzas. Precisamente de las esperanzas, hablamos un día y yo dije que no todas tenían la misma fuerza. Las hay tan firmes como la certidumbre más cabal: éstas se pierden en el dolor, en la miseria. Pero hay también una esperanza lejana, tenue, frágil, que mantenemos siempre oculta porque un soplo la desvanecería: esa es la esperanza que jamás muere, que nada impide abrigar. Esto la dije yo. Ella asintió. Y al asentir ¿no participó de mi secreta idea, de que para nosotros lucía aún una esperanza como aquélla?
—Usted me dijo ayer que, aparentemente libre, la Condesa había contraído consigo misma un compromiso irrevocable, en el cual encontraba el obstáculo para su nuevo amor. Tal era, en el hecho, su sentimiento y en muchos párrafos de este diario se encuentra su evidencia. Pero la fuerza del escrúpulo era en ella mucho mayor de lo que sin duda usted creía. Si no, oiga usted...
Y Ferpierre leyó en voz alta las páginas de la memoria más significativas. El sentido de las confesiones le parecía esa segunda vez más claro, la lucha de aquella conciencia más grave. Para demostrar a Vérod la sinceridad de la narradora, leyó todavía otros párrafos, aquellos en que estaban descriptas las ingenuas impresiones de la adolescente y de la esposa. Poco a poco iba reconstruyendo para Vérod la historia completa de aquella alma, como la había reconstruido para sí durante la primera lectura.
—Hay que creer lo que ella misma escribió aquí. Si a usted no le dijo estas cosas, si usted pudo comprender que no desesperaba, eso se explica humanamente. Ni la mente ni el corazón se mantienen siempre en una sola idea, en un solo sentimiento, sin mutación: la fuerza moral crece y disminuye de un momento a otro. En presencia de usted la Condesa podía sentirse menos armada contra las ilusiones: pero a solas, cara a cara con su conciencia, volvía a hallar la fuerza de resistir. Fíjese usted también en esta circunstancia: ella, que consignaba en las páginas de su diario todas sus impresiones, no habla directamente de su amor por usted: a no ser por las palabras escritas la noche del 12 de agosto y el juicio copiado de Verdad y Poesía, no sabríamos, guiándonos por este libro, lo que había agravado su condición. Eso demuestra con claridad que tenía miedo de esta pasión...
—¿Y no demuestra también la fuerza de la misma pasión?
—Sí, es cierto; pero para saber por que partido debía por fin decidirse, es preciso que yo le exhorte a usted a ser sincero: ¿qué fue lo que le pidió usted, y hasta qué punto llevó usted sus demandas?
Antes de poder contestar, tuvo Vérod que oprimirse la frente con ambas manos. Mientras el juez le leía el libro, él iba penetrando los secretos del ser amado, casi reviviendo su vida, y se sentía invadir por un amargo encanto. Su adoración por la belleza de aquella mujer, su compasión por sus sufrimientos aumentaban y le embargaban hasta el punto de olvidar cualquier otro sentimiento: poco faltaba para que olvidara que estaba muerta. Al oír otra vez la acusación de haber sido él quien la había muerto, se despertó bruscamente de su ensueño.
—¿Qué podía pedirla? ¿Se imagina usted que yo fuera exigente con ella, yo que huí de su presencia apenas temí que mis miradas me vendieran? ¿Cree usted que yo intentara violentarla, y que se haya muerto por substraerse a mi violencia?
Esa era, efectivamente, la sospecha del juez. La condición en que la Condesa y Vérod se encontraban podía durar, por más que fuera bastante ambigua, siempre que nada interviniera de la parte del joven para alterarla. Y al juez no le parecía increíble que Vérod, sintiéndose amado, se satisficiera con sólo la amistad pura: si el artista había puesto en juego el sutil expediente de la poesía para seducir a aquella mujer, si había ennoblecido con la magia de la expresión literaria su descontento y sus deseos, la Condesa d'Arda había podido, despertándose del sueño de un afecto paternal, encontrándose inevitablemente en el terrible dilema de vivir pecando o de morir para evitar la culpa, aferrarse al más desesperado, pero menos indigno de los extremos.
—No quiero decir que usted haya sido violento con ella, ni tampoco tratándose de un espíritu como el de su amiga, con la dolorosa sensibilidad que la aquejaba, la violencia habría tenido eficacia para dominarla. Con sólo la natural vivacidad de la pasión, con una de aquellas ardientes palabras que el amor inventa y a ustedes los poetas no les cuesta mucho emplear, debía bastar para arrancarla de la ilusión que la seducía, para demostrarle que era inevitable la transformación de la amistad que la ligaba con usted, y a darle, con la previsión del mal, la idea de substraerse finalmente a una vida demasiado afligida por el dolor. Eso no habría hecho que usted descendiera en su concepto: ella debía pensar que en usted, como hombre, era natural la impaciencia del deseo, que el error había sido suyo, por no haberlo previsto.