Estas suposiciones parecían verosímiles a Ferpierre. Y la acusación de Vérod continuaba apareciendo infundada. Si el joven amaba a la nihilista, sus relaciones con la Condesa no eran por eso un obstáculo que lo impulsara a matar a ésta. ¿Podía ese rebelde, para quien la ley coercitiva no tenía valor, sentirse atado por un escrúpulo enteramente moral? ¿Y no había, en realidad, dejado otras veces a su querida por correr en busca de nuevos placeres? ¿Qué le impedía hacer otro tanto, con mayor libertad que la primera vez? Cierto que había vuelto al lado de la Condesa y la había tratado con mayores consideraciones; pero si esto debía demostrar que estaba arrepentido de sus malos procederes de antes, el mismo arrepentimiento, la presencia de esos escrúpulos en su mente contradecían la hipótesis del asesinato; mal podía desear la muerte de un ser, quien se arrepentía de haberle ocasionado dolores.

Si el Príncipe hubiera estado casado con la difunta, y, cansado de ella, hubiera querido contraer matrimonio con la nihilista y la nihilista hubiera querido casarse con él, se podría reconstruir racionalmente el drama en otra forma: fingiendo arrepentimiento, el marido volvía al lado de su mujer, la persuadía de su conversión, persuadía a los demás, para disipar toda sospecha, y luego, solo o con la complicidad de su querida, la mataba para verse libre. Pero Zakunine no estaba unido indisolublemente a la Condesa, ni se podía creer que quisiera casarse con su joven compatriota; había que abandonar todas esas suposiciones. El arrepentimiento de aquel hombre era sincero, o por mejor decir creíble, porque tenía una causa: la necesidad de dinero. Fuera de esto, ninguna razón, por sutil que fuera, podía explicarla.

En su larga y variada experiencia, Ferpierre había estudiado con mucha atención las pasiones humanas, y sabía que los amantes infieles suelen sentirse sobrecogidos, en el momento de la traición, por un movimiento de compasión hacia la persona que traicionan. Conscientes del mal que hacen, atenúan su culpa acordando a esa persona una conmiseración que parecería demostrar su bondad de alma, pero que en el hecho es un placer de egoísta, y, por lo tanto, ofende más a los traicionados. El Príncipe, que había olvidado y hasta despreciado a su amiga por correr tras de los placeres, podía haberse sentido inclinado a pagarse de esta presuntuosa compasión: para mejor gozar de su propia dicha, había ido sin duda a contemplar el espectáculo de la infelicidad que él mismo había ocasionado, a consolar hipócritamente a su víctima.

Si esta era la justa explicación de los sentimientos de Zakunine ¿cuál era el efecto que su acción había producido en el ánimo de la Condesa? ¿Amando como amaba a otro hombre, podía haber estado celosa de la nihilista, y en la impotencia de los celos haberse dado la muerte? Eso no se podía creer. Por el contrario, la certidumbre de que el Príncipe pertenecía a otra, debía haberla servido en cierto modo para creerse libre, no obstante la seriedad del compromiso que había contraído con su conciencia: no era improbable que se hubiese dicho que los más la disculparían si recogía su palabra. Pero contra este acomodamiento estaban todos sus escrúpulos, y la hipótesis del suicidio parecía bien natural si la desdichada había ignorado que la compasión del Príncipe era falsa. Al creerla sincera, ignorando que el Príncipe tenía un nuevo amor, debía haber visto crecer la dificultad de corresponder a las esperanzas de Vérod. Pero ¿ignoraba en realidad el nuevo amor del Príncipe? O mejor dicho, ¿amaba realmente el Príncipe a la nihilista? Ferpierre comprendía que ante todo debía cerciorarse de esta opinión, sin duda verosímil, pero aún no probada.

Mientras se encaminaba el juez a la cárcel del Eveché, donde los acusados estaban detenidos, iba pensando en la manera de iniciar el interrogatorio de la joven. La actitud desdeñosa asumida por ésta el día de la catástrofe, le había inspirado el deseo y casi la necesidad de medirse con aquel altivo espíritu, para doblegarlo y confundirlo.

Mientras que los guardianes iban en busca de la acusada para conducirla ante el magistrado, el director de la prisión refería a éste que la actitud de la joven había sido durante sus días de encierro, la de una persona que no solamente está tranquila, sino que desafía toda sospecha. Se había quejado de la celda y de los alimentos, había pedido que la dejasen leer y escribir, y había escrito efectivamente un estudio sobre la emigración suiza, lleno de cifras y datos estadísticos. Cuando la hicieron entrar en el gabinete del director, se sentó, a una seña de Ferpierre, y sosteniendo la mirada interrogadora de éste, se cruzó de brazos.

—¡Parece que por fin se le ha despertado a usted la memoria!—comenzó el juez.—¡Y si los datos y cifras que ha consignado usted en este escrito son exactos, veo que su memoria es además excelente! Por lo tanto, me permito esperar que no fallará con respecto a lo que por ahora nos es más útil saber. ¿Cuánto tiempo hace que conoce usted al Príncipe Alejo Petrovich?

—Muchos años.

—¿Desde Rusia?

—Sí.