La joven no contestó.

—¿No quiere usted decirlo?

—No puedo.

—¿Le ayudaba a usted el partido?

Otra vez se quedó muda.

—¿Cuánto tiempo estuvo usted en Lugano?

—Tres días.

—¿Y después?

—Volví a Zurich.

—¿Cuándo partió él?